Estereotipos y
manías de una nacionalidad en fuga. Parte II
Publicado originalmente en Contrapunto.com
La peste
Cumpleaños, trámites
burocráticos, fiestas, antes de entrar al cine: usted proponga la ocasión que
el inmigrante pone el tema de conversación y ese siempre será el mismo: Venezuela.
Si es de oposición será un especializado en noticias de política venezolana y
le mentará la madre a Chávez y a Maduro varias veces al día; si es chavista
dirá constantemente que el modelo no es exitoso porque aún no se ha alcanzado,
ya que existe un monstruo antiquísimo de mil cabezas llamado IV República, que
nadie recuerda ni sabe bien qué es, salvo él, que tampoco sabe mucho de qué
habla pero por si acaso se ocupa de recordar que antes la gente comía perrarina
y es vital que los pueblos del mundo conozcan semejante atrocidad.
No hay manera de huir porque, incluso estando
lejos, Venezuela halla siempre la manera de joder el día y el inmigrante lo
sabe, de allí que sea un completo ignorante de otros temas y desconozca qué
sucede en el resto del mundo. Su cerebro ha sido entrenado así, para desgracia
de sus interlocutores no venezolanos.
¿Arte, deportes, filosofía, ciencia? Imposible. Nuestro sujeto es presa
de su monotemático monólogo y sólo a través de él logra alguna mínima conexión
con el resto del mundo.
Hay quienes dicen que lo mejor
del chavismo es que nos hizo hablar de política constantemente. Yo creo que es
de un mal gusto intolerable.
La locura
Años de aprendizaje para
sobrevivir en un medio hostil han hecho de nuestro sujeto un paranoico de
primer nivel. Su cúmulo de experiencias relacionadas con violencia, robo y
muerte lo han dañado para siempre y ahora vive preso de los estímulos, atento a
cualquier pisada, callejón raro o mirada sospechosa. Puede que haya tenido que
acudir a la consulta de algún terapeuta para tratar el constante delirio de
ser asaltado o descuartizado. El psicólogo (que como cualquier ciudadano del
resto del mundo ignora que su paciente viene de la sucursal terrenal del
infierno) pensará que es un caso típico de exageración y así marchará el
inmigrante: incomprendido y, para colmo, medio loco.
En ocasiones se da el caso
opuesto: dejado a su merced en un territorio afable, el inmigrante ahora vive
como si habitase el mundo de los Osos Cariñosos y ya no le teme a nada ni a
nadie porque lo que ha visto en su país de origen no tiene punto de
comparación. Es entonces cuando ocurre lo patético: lo atracan como a un conejo
por andar de despistado.
El disfraz
En mi pueblo existe una palabra
que describe a quienes emigran y estando en otro país usan la gorra tricolor:
capochos. Esta clase de inmigrante lleva su condición un paso más allá:
chaqueta, gorra, bufanda (las de Mérida también aplican), guantes. Es como un
arbolito decorado con los colores de la bandera y uno llega a preguntarse si no
tendrá también un liqui-liqui en casa para ocasiones especiales, como visitas
al odontólogo.
Si algo logra el inmigrante
tricolor es hacer de su casa un auténtico museo de lo autóctono. Allí verá
usted siempre la bandera guindada, unas maracas, un pote de Toddy, una
artesanía merideña o zuliana, una figura de La Virgen del Valle y, en la
cartera, una estampita de José Gregorio Hernández. Es como un Palacio del
Blumer, pero de la cursilería nacionalista. Los más nocivos son los que sacan
un cuatro a mitad de una velada y, cuando los presentes creen que el susodicho
interpretará algo simpático, se larga con “una rosa pintada de azul es un
motivo”.
Excelente, para mi son unos RIDICULOS los "tricolores" por eso odio pasar por calle florida jaja
ResponderEliminarTe amo. Me hiciste reir en mi trabajo de mierda donde vengo a calentar la silla y a escuchar a un montón de perras malas de telenovela mexicana, porque en eso fue lo único que no nos mintieron, esa maldad existe, a veces me siento una "maldita lisiada"... gracias por la risa.
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