lunes, 19 de enero de 2015

Hoy, 19 de enero

Cuando salí del trabajo vi a la gente marchar hacia la casa de gobierno; a la distancia la Plaza de Mayo lucía colmada. Tomé el subte para ir a casa y, al llegar al barrio donde vivo, lo primero que noté fue que los vecinos habían trancado (cortado, aquí se dice 'cortar la calle') el cruce más importante de la zona, junto al Parque Rivadavia: Acoyte y Rivadavia. Saqué un pucho de la cartera, me detuve a oír a las cien personas que, con absoluta calma, cantaban casi en susurro el himno argentino. Al llegar al coro subieron las voces; al terminar, comenzaron las cacerolas y algunas consignas de 'abajo la dictadura'. Recordé que mis perros estaban solos y debía marcharme a su encuentro. Metros más allá de la gente, la policía resguardaba y redirigía el tráfico. Las cacerolas sonaban aquí y allá. Pensé en cuántas veces he visto a vecinos trancar calles por protestas sin ser agredidos, cuántas veces he visto a gente descontenta marchar hasta la Casa Rosada sin que ello signifique un hecho extraño. Supongo que para muchos es reconfortante pensar que Argentina está idéntica a Venezuela. 

domingo, 18 de enero de 2015

Bartleby, el venezolano que emigró



Elena adobaba la tapa de asado, Juan seleccionaba un tema en Youtube y él armaba un porro. Entonces Elena comenzó a hablar de un lugar en Caracas en el que vendían pollo en brasa y dijo el nombre de la calle.
—¿Dónde?, preguntó él con la mirada puesta en la minuciosa tarea de armar un porro derechito, esbelto, ajustado.
—Coño, Bartleby, en la calle Miranda, a dos cuadras de la plaza.
—Mira, no me acuerdo.
Juan levantó la mirada de la computadora, bebió un trago de cerveza y en un ataque de risa mencionó a Bob Abreu y lanzó:
—¡Bate, pelota, papá! ¡Bob Abreu!
Él no entendió el chiste. Prendió el porro y se puso un 7 por el resultado final del trabajo. Elena y Juan aún reían y ella mencionó que era el mejor comercial con un pelotero. Entonces Bartleby pasó el faso y dijo:
—Mira, no me acuerdo.

martes, 13 de enero de 2015

El arte de perder - Elizabeth Bishop


Vi a un viejo bandolinista llorar porque había perdido todo y ya no era nadie. Vi a un violoncelista deprimirse hasta el mutismo por el robo de su instrumento. Me vi perder la cordura y recuperarla para perderla de nuevo cada tanto. Perder, perdemos todos. 
Así retomo este blog perdido: con un poema que quise dejar en este espacio desde la primera vez que lo leí. Para que no se extravíe en la memoria. Para dejar constancia. Para ejercitarme aún más en la pérdida. 

El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre.
Pierde algo cada día. Acepta la angustia
de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.
El arte de perder se domina fácilmente.
Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar.
Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre.
Perdí el reloj de mi madre. Y mira, se me fue
la última o la penúltima de mis tres casas amadas.
El arte de perder se domina fácilmente.
Perdí dos ciudades, dos hermosas ciudades. Y aun más:
algunos reinos que tenía, dos ríos, un continente.
Los extraño, pero no fue un desastre.
Incluso al perderte (la voz bromista, el gesto
que amo) no habré mentido. Es indudable
que el arte de perder se domina fácilmente,
así parezca (¡escríbelo!) un desastre.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Heberto Padilla, también ahora.


INSTRUCCIONES PARA INGRESAR EN UNA NUEVA SOCIEDAD

Lo primero: optimista.
Lo segundo: atildado, comedido, obediente.
(Haber pasado todas las pruebas deportivas).
Y finalmente andar
como lo hace cada miembro:
un paso al frente, y
dos o tres atrás:
pero siempre aplaudiendo.


PARA ESCRIBIR EN EL ÁLBUM DE UN TIRANO

Protégete de los vacilantes,
porque un día sabrán lo que no quieren.
Protégete de los balbucientes,
de Juan-el-gago, Pedro-el-mudo,
porque descubrirán un día su voz fuerte.
Protégete de los tímidos y los apabullados,
porque un día dejarán de ponerse de pie
cuando entres.



Heberto Padilla ganó en 1968 el premio Julián del Casal por su poemario Fuera del Juego, del que se extraen los poemas arriba citados. La Unión de Escritores y Artistas de Cuba consideró que su contenido era contrarrevolucionario y, por ende, que no merecía el galardón. En 1971 Padilla fue encarcelado y torturado hasta hacerle escribir una confesión donde el poeta admitía su desobediencia a la Revolución. La declaración —que debió leer ante un auditorio resguardado por militares— es escalofriante y, al respecto, expresaron en carta enviada a Fidel Castro intelectuales de todo el mundo:

«El desprecio a la dignidad humana que supone forzar a un hombre a acusarse ridículamente de las peores traiciones y vilezas no nos alarma por tratarse de un escritor, sino porque cualquier compañero cubano —campesino, obrero, técnico o intelectual— pueda ser también víctima de una violencia y una humillación parecidas». 

En la edición en e-book disponible en el siguiente link (buscar en el apartado de poesía): http://www.papyrefb2.net/frames/index.php pueden hallarse también otros documentos sobre el tema, como textos de Reinaldo Arenas y Octavio Paz, además de una explicación más rigurosa sobre los incidentes que rodearon el caso. 

lunes, 2 de diciembre de 2013

¿Y tú ya leíste «1984»?


«Los ojos de éste le perseguían a uno desde las monedas. Sí, en las monedas, en los sellos de correo, en pancartas, en las envolturas de los paquetes de los cigarrillos, en las portadas de los libros, en todas partes. Siempre los ojos que os contemplaban y la voz que os envolvía. Despiertos o dormidos, trabajando o comiendo, en casa o en la calle, en el baño o en la cama, no había escape. Nada era del individuo a no ser unos cuantos centímetros cúbicos dentro de su cráneo»


«Y si todos los demás aceptaban la mentira que impuso el Partido, si todos los testimonios decían lo mismo, entonces la mentira pasaba a la Historia y se convertía en verdad. «El que controla el pasado —decía el slogan del Partido— controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado»»


«Nosotros somos los muertos. Nuestra única vida verdadera está en el futuro. Tomaremos parte en él como puñados de polvo y astillas de hueso. Pero no se sabe si este futuro está más o menos lejos. Quizá tarde mil años. Por ahora lo único posible es ir extendiendo el área de la cordura poco a poco. No podemos actuar colectivamente. Sólo podemos difundir nuestro conocimiento de individuo en individuo, de generación en generación. Ante la Policía del Pensamiento no hay otro medio»


«Y, al mismo tiempo, la idea de que se está en guerra, y por tanto en peligro, hace que la entrega de todo el poder a una reducida casta parezca la condición natural e inevitable para sobrevivir»


«Lo que interesa no es la moral de las masas, cuya actitud no importa mientras se hallen absorbidas por su trabajo, sino la moral del Partido mismo. Se espera que hasta el más humilde de los miembros del Partido sea competente, laborioso e incluso inteligente —siempre dentro de límites reducidos, claro está—, pero siempre es preciso que sea un fanático ignorante y crédulo en el que prevalezca el miedo, el odio, la adulación y una continua sensación orgiástica de triunfo. En otras palabras, es necesario que ese hombre posea la mentalidad típica de la guerra. No importa que haya o no haya guerra y, ya que no es posible una victoria decisiva, tampoco importa si la guerra va bien o mal. Lo único preciso es que exista un estado de guerra»


«En el vértice de la pirámide está el Gran Hermano. Éste es infalible y todopoderoso. Todo triunfo, todo descubrimiento científico, toda sabiduría, toda felicidad, toda virtud, se considera que procede directamente de su inspiración y de su poder»


«Un grupo dirigente es tal grupo dirigente en tanto pueda nombrar a sus sucesores. El Partido no se preocupa de perpetuar su sangre, sino de perpetuarse a sí mismo. No importa quién detenta el Poder con tal de que la estructura jerárquica sea siempre la misma»


«A los proletarios se les puede conceder la libertad intelectual por la sencilla razón de que no tienen intelecto alguno. En cambio, a un miembro del Partido no se le puede tolerar ni siquiera la más pequeña desviación ideológica»


«Se espera que todo miembro del Partido carezca de emociones privadas y que su entusiasmo no se enfríe en ningún momento. Se supone que vive en un continuo frenesí de odio contra los enemigos extranjeros y los traidores de su propio país, en una exaltación triunfal de las victorias y en absoluta humildad y entrega ante el poder y la sabiduría del Partido»


«El pasado será lo que el Partido quiera que sea»


«El Ministerio de la Paz se ocupa de la guerra; el Ministerio de la Verdad, de las mentiras; el Ministerio del Amor, de la tortura, y el Ministerio de la Abundancia, del hambre»


«Si los Altos, como los hemos llamado, han de conservar sus puestos de un modo permanente, será imprescindible que el estado mental predominante sea la locura controlada»


«No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura»

Todas las citas pertenecen a 1984, de George Orwell. Aquí puede descargarlo gratis en formato Epub o PDF:http://tomalibros.net/descargar-libro-1984-de-george-orwell/  

miércoles, 27 de noviembre de 2013

El peso del país


I
Hay quienes dicen que los que nos fuimos del país no debemos opinar; que lo olvidamos, que no nos duele lo que allá sucede; que somos cómodos, indolentes; que al tener residencia en cualquier otra nación somos felices y pasamos la página de lo que significaba vivir en Venezuela. El país, dicen, te afecta sólo si te hallas dentro de sus fronteras. Dicen muchas cosas y cada vez esas cosas me molestan menos. Alguna vez hicieron que me hirviese la sangre; ahora procuro dejarlas pasar: siempre habrá quienes proclamen necedades. 

II
Alguna vez Daniel Pratt (@depr001) escribió en ese maravilloso blog suyo llamado Afinidades Electivas que los venezolanos que se marchan del país sufren porque no pueden abandonar la mala costumbre de revisar a diario los portales de noticias venezolanos. Este ejercicio masoquista de mantenerse informados de todo lo malo que ocurre en la nación que dejaron (y miren que lo malo viene en dosis gigantescas) les impide, a su vez, hacer pie en el país que escogieron para inventarse una nueva vida. La realidad venezolana se impone entonces como lastre, peso muerto sobre las espaldas que imposibilita el disfrute de un presente menos caótico y más afable (con todas las desventajas y penas que implica ser inmigrante, detalles en los que no pienso ahondar ahora). Y concluía Pratt agregando que, ante tan nociva actitud, lo mejor era adoptar la postura contraria: rebelarse, dejar un poco de lado lo que sucede en Venezuela para abrir los ojos a la nueva realidad, para enterarnos de la política del nuevo país elegido, para ser partícipes de su devenir. 

III
El pasado domingo decidí que ya era tiempo de dedicarle, de nuevo, muchas horas continuas a la lectura. Como creo en ciertas ceremonias, concluí que lo mejor sería convertir la ocasión en una modesta celebración. Fui entonces al abasto chino de mi cuadra y adquirí una botella de vino tinto y un trozo de queso Sardo. Compré, además, una lata de atún y un paquete de cigarrillos. Pagué con el billete de máxima denominación y me sobró la mitad del dinero. Ya en casa dispuse el queso y la botella sobre la mesa de noche (mesa de luz, dicen los argentinos) y me tendí en la cama con mi Kindle. A media lectura, con un pedazo de queso en la boca y mientras con la mano izquierda alcanzaba el vaso de vino, ocurrió lo peor: de la nada, pensé que ese tonto, aunque muy placentero rato, me había costado tan sólo unos pocos pesos argentinos. Y de ahí salté a pensar que aquello era de lo más burgués; que el Gran Hermano, al verme, me condenaría. Y pensé en cuánto deben pagar actualmente mis compatriotas allá en el Caribe para hacerse con un Kindle, una botella de vino y un buen trozo de queso madurado. Y sentí asco y tristeza. Coño, que se me jodió la velada, carajo: mira que venir a pensar en esas vainas en semejante momento. Y me perdonarán los lectores mi banalidad, que hay gente a la que asesinan a diario sin que el gobierno haga nada y yo vengo a hacerme la cabeza por vino, lectura y queso. Pero verán ustedes: no hablo de una cartera Chanel ni de una corbata de Dior ni de un Maserati, no. Hablo de pequeñas cosas y, como yo la concibo, la vida no merece vivirse sin esos diminutos placeres, más cuando has trabajado por ello. En fin: es que Venezuela le jode a uno independientemente de dónde se halle, porque su realidad aplastante es una constante en la cabeza. Y el coño de la madre, ¿saben qué libro estaba leyendo? 1984, de George Orwell. Razón tiene Daniel Pratt: cuánto masoquismo el de uno.

martes, 19 de noviembre de 2013

Por el medio de Buenos Aires


Hay un tipo de pesadumbre que sólo se pasa escribiendo, me digo, como quien descubre el agua tibia, la masturbación o el poder sanador de una borrachera. Esa pesadumbre es la que he ido acumulando en los últimos meses cuando, sin darme cuenta, decidí dejar de lado la lectura y cualquier intento de escritura. Me curé, fue lo que atiné a pensar. No más esclavitud ante el teclado, no más releer lo garabateado para odiarlo, no más leer a otros para odiarme por incapaz. Salí entonces a las plazas y me emborraché con otros, no ya a solas junto al monitor de la computadora. Fumé, inhalé, me senté en pórticos con una birra de litro junto a las piernas, a oír las cuitas de los demás, a odiarlos en secreto, a envidiar sus vidas alegres de jóvenes que beben en las calles y plazas de su ciudad porque pueden. Y me pasaron aun cosas más importantes, más profundas y dramáticas, pero ésas las guardo como se guarda lo verdaderamente importante. Pero hoy, al verme postrada y gris, con ganas de rehacerme de nuevo y con dolor en el pecho (que sí, es por fumar, pero se me antoja ser menos realista) entendí que debía volver a esta suerte de condena que significa escribir, aunque sólo sea para decir: lo hice y, en ningún caso, para hacerme la importante o la que tiene cosas que narrar. Vendrán más birras en las calles de San Telmo, vendrán mis pasos discretos por las veredas de México y Jujuy. Y seguro alguien cantará algún tema de Morrissey o de alguna de las cientos de bandas argentinas que desconozco y yo pondré los ojos en blanco mientras les oigo, exaltados, decirme por millonésima vez:  «¡Che! ¡¿Cómo que nunca los oíste?!». Porque lo que quiero decir, a fin de cuentas, es que por fin, tras cuatro años, he empezado a sentirme una verdadera habitante de esta ciudad, no su espectadora. Y todo porque salí y tomé por asalto las calles, dejándome llevar, comprendiendo lo que no tenía en Caracas y que ahora está allí: la libertad de emborracharme mientras miro a los viandantes. A veces las cosas más simples son las más reveladoras.