miércoles, 13 de enero de 2016

Madre Coñoemadre

Mi niño chiquitico salta de Ministerio
en Ministerio y con sus brazos
pequeñitos
ya abraza fortunas.
Yo lo acomodo en uno
le doy su partida
y un bono especial cuando me pide
que lo amamante.
Si me estoy desangrando
lo pongo en otro
y su risa infantil colma mi vientre,
mi infecta matriz negra
de madre como ninguna.


domingo, 3 de enero de 2016

La estúpida discusión


Otra vez me despiertan con sus gritos
La estéril discusión
entre los que se fueron y los que se quedaron.
Ni compasión
ni un poco de respeto:
tan sólo olvido.
Otra vez, otra vez
los que claman que unos se queden y sufran
y los que vociferan loas y recetas a la distancia.
Nadie pregunta por los fracasados sin puerto,
por las almas que no soportarían otra cárcel
más que la de sus propios cuerpos.
Nadie interroga al que vio crecer los muros
y oyó las granadas explotar.
De nuevo la árida, estúpida
ridícula discusión.
Ya aprendí a cruzarme de brazos.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Un clona en Navidad


La videollamada de Skype estaba planeada para las 17 (hora argentina), así que me duché con una hora de anticipación para estar medianamente arreglada después de tanto tiempo. Me conecté cinco minutos antes, atenta siempre a la puntualidad alemana. Encendí un pucho. Noté que me temblaban las manos y opté por ingerir medio Clonazepam (1 miligramo, apenas si me hace cosquillas). Cuando apareció en pantalla tenía más canas de las que recordaba y estaba sonriente. Saludó con su acento margariteño de toda la vida, el que usa para ser el alma de la fiesta: extrovertida, feliz, altiva. Yo también cumplí mi papel y respondí alegre. Todo bárbaro, estoy por salir a casa de unos amigos. Nosotros cenaremos pato a la naranja. Wolf lo prepara que te mueres. ¡Qué rico! ¿Ya hablaste con mamá? ¿Y tú cómo estás? ¡Cansadísima! Pero Wolf me esperaba con una sorpresa: ¡Un vale para un spa! ¡Muérete que chao! ¡¿No?! ¡Sí! Me lo dijo antes porque no es un regalo de Navidad, sino como te dije: una sorpresa. ¡Pero cuéntame, Nita! ¿Cómo te has sentido? ¿Qué tal la oficina? Wolf me dijo que me enviaste un WhatsApp la semana pasada. Ah, sí, todo normal, bien, ya sabes, lo de siempre. Pero cuéntame: ¿verán a Elke? ¡Sí! ¡Viene desde Düsseldorf! Wolf le preparó la habitación y le compró un ramo de tulipanes; ¿recuerdas cuánto le gustan a Elke los tulipanes? Imagínate que Wolf se acordó. Sí, ya sé; también le gustan los mangos venezolanos. Qué lindo detalle de Wolf, dale mis saludos. ¡Claro, Nita! Mira, dice Wolf que te cuente del viaje a Tailandia. Hey, ¿vos me oyes bien? Te oigo perfecto, ¿tú no? ¿Me oís? ¿Me oís? Me parece que no me oyes. Cerré la laptop y me tomé la otra mitad del Clonazepam.

domingo, 20 de diciembre de 2015

Los músicos


Los músicos tienen pájaros por manos
aunque sus piernas sean a veces
de palo –dicen que se exceptúan los percusionistas-.
Un tren bala llevan en la cabeza
no hay estaciones para descender:
es un viaje de ida.
Hablan, hablan
Tocan, tocan
Escuchan, escuchan
(hasta que intentas un silencio)
Atiborran los bares
vacían todas las botellas
mientras alucinan con la siguiente melodía
Y te piden que oigas
Escucha
Pon atención
Oye bien la letra.
Y a todos los odias.

Y a todos los amas.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Vigues: Elogio a la tasca



Durante algunos años viví alquilada en un apartamento en Chacao. Era diminuto y no tenía ninguna entrada de luz natural, pero su recuerdo es único porque me permitió disfrutar de las bondades de un municipio como el que entonces gobernaba Leopoldo López. Pero esta historia no es política ni yo era millonaria entonces: el asunto es que conocía al hijo de los dueños y negociamos un alquiler que era un regalo. Y así pude instalarme en pleno Chacao, recorrerlo, descubrir la mejor frutería, el mejor café, las mejores tascas.

Soy fiel devota de la felicidad que puede generar una buena tasca. Más que creyente, militante. No en vano mi mejor amigo se hace llamar 'tascólogo'. Los tascólogos conformamos una hermosa cofradía: confiamos en el poder de unas cervezas culo de foca acompañadas por trozos de tortilla española, ambiente familiar atendido por su dueño y esa atmósfera deliciosa a buen cine venezolano de los setenta.

El asunto es que, a la vuelta de mi casa, quedaba una tasca que se convirtió en mi segundo hogar (mérito que compartía con el irremplazable "Cordon Bleu"): El Vigues. Cuando llegaba la noche y estaba sola sin nada que hacer, iba al Vigues, me sentaba en la barra y me tomaba las Soleras de rigor. Cuando quería ponerme al día con mi mejor amiga, íbamos al Vigues. Me volví tan asidua que el mesonero/barman siempre me consentía con alguna picada. Una vez me contó que era andino y llevaba muchos años trabajando en el lugar. Nunca le pregunté su nombre, creo. Suelo ser así de penosa con desconocidos.

La última vez que estuve en Venezuela me planteé que no pasar por Caracas (mi familia vive en Margarita) sería un pecado: mucho más no darme el gusto y el honor de recorrer las calles de mi querido Chacao. Y lo hice, al igual que entrar de nuevo al Vigues, saludar con un abrazo al mesonero y sentarme en la barra sola, como si el tiempo jamás hubiese pasado. Porque todo hay que decirlo: quizás lo único que iguale la paz de sentarse solo a una buena barra a saborear una cerveza sea ir solo al cine en una función casi desierta. 

En ese viaje a Caracas conocí a alguien a quien siempre había querido conocer. El caballero en cuestión resultó ser muchísimo más gentil y adorable de lo que yo hubiese podido calcular, pero no sólo eso: tuvo la amabilidad de regalarme un recuerdo nuevo y fantástico para la colección de mi tasca favorita: aquel atardecer que vimos mientras compartíamos un cigarrillo en el área de fumadores, muertos de risa, eufóricos con nuestros besos.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Poema que no incomoda

Escribiré un poema que no incomode
uno que quepa en una servilleta
o en una bolsa marrón de panadería.
Podrá leerse mi poema en sitios públicos
y en recintos sagrados.
Lo memorizará un militar, madre
¿no te he dicho que también ellos son sensibles?
Y los ministros citarán el poema
que es mío, que es para ellos:
Mi acomodaticio, mi soberano despliegue
de supercherías y vericuetos.
Escribiré entonces este poema que no incomoda
y miento, madre, en silencio. 

jueves, 12 de noviembre de 2015

Muerte y laberinto

Todo hombre debe poder fumar en su casa cuando le plazca
y hacer silencio el tiempo que considere necesario.
Nadie bajo el mismo techo ha de coartar estas libertades:
Cualquiera es libre de escoger
Su muerte y su laberinto.