«Ahora sabía algo que sabría siempre, y si os burláis y decís que después de todo no era más que el conocimiento de cómo era una mujer desnuda, lo único que demuestra eso es que no recordáis lo que es ser joven y anhelar tener experiencias, anhelar lo que comúnmente llamamos amor»
Ay, Antigua Luz…qué tino he
tenido esta vez al escoger un libro. Tendría que empezar por decir que el
asunto de la luz no es grato: ahí estaba yo como cuando era niña, tendida en la
cama un sábado a las tres de la tarde, diminuta, fascinada, devuelta al placer
sencillo de leer para ser un poquito feliz. Me gusta recordar esa época en la que
leía sin saber qué leía; volver ahí me hace insistir en mi idea de que los
libros están hechos para sentirnos ingenuos, para seducirnos y dejarnos, porque
ya la vida es bastante aburrida y algo tendría que sustraernos y provocarnos
todo lo que ella no da. Y fue exactamente eso lo que me sucedió con la novela
de John Banville: no la literatura, así tan grande y cargada, sino algo más
sencillo, más diáfano. El viejo Clave es un actor de teatro que ha sufrido una
pérdida gigante y ahora se dedica a rememorar su primer amor: la señora Gray, la
mujer de 35 años y casada con la que tuvo sexo por primera vez cuando él apenas
era un chico de 15. Todo lo que hay aquí es una conmovedora historia sobre un
niño amando a una mujer adulta, poseyéndola y dejándose poseer. Y en medio, la
magistral capacidad de este escritor irlandés para describir detalles: «Pensé,
con algo parecido a la pena, en las ramas mojadas de los cerezos y su relucir
negro, y en las flores empapadas que caían. ¿Era eso estar enamorado, me
pregunté, ese repentino y plañidero viento que te atravesaba el corazón?». Las
estaciones que mutan en el recuerdo del actor (Banville juega con la memoria, con sus desmanes y caprichos), los colores, el aire, la piel,
los recovecos y los olores de la señora Gray. Uno se va arrastrando ligero, con
el alma despojada, como si tuviese la edad del joven Clave otra vez y el mundo
fuese aquel lugar cómodo de entonces, de emociones puras, luz amarilla y un vestido que se levanta suave,
apenas mecido por la brisa. Es desgarrador ver a Clave herido, atravesado por
un sentimiento quizá más fuerte de lo que un chico de su edad pueda soportar; arrastrado
por esos excepcionales impulsos que hacen de quien ama un cuerpo sin
razón debatido entre la ira, la manipulación y el delirio («Qué placer dulcemente
vengativo se oculta tras el dolor del amor»). Sí, no suena sólo al primer amor — ¿no se repite idéntico cada vez?—, y por eso a cada encuentro entre los
amantes se va palpando que la materia del enamoramiento pasa siempre por el
sexo, que somos ya de grandes tan insensatos como ese chico de hace muchas
décadas. No quería irme, y al terminar
me he quedado deseando agradecerle a Banville por regalarme esas horas de
sosiego. Cuánta nobleza hay en una historia bien contada.
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