viernes, 10 de febrero de 2012

Pensar la muerte


No necesito señalar que por estos días la muerte es asunto notorio y comentado. Por un lado (especialmente en Venezuela), se cuentan cadáveres cuyas identidades desconoceremos siempre, pero cuya existencia como evento siniestro por repetido (la existencia de un cadáver, vaya ironía) es la cifra que pretende desbordar un vaso al que, al final, parece siempre faltarle líquido.

Morir, como quien dice, se muere igual, pero si de famosos se trata, ahora muchos no quieren quedarse atrás en esto de escribir en muros e inventar homenajes. Qué culpa tienen los famosos si nosotros los queremos.

El mismo día que murió Spintetta, supimos los habitantes de Argentina, y posteriormente el resto del mundo (o simultáneamente, a estas alturas el tiempo es siempre el mismo para todos en casi cualquier parte), de un fotógrafo francés al que apuñalaron en Retiro, Buenos Aires, para robarle una cámara. Fue inevitable para mí pensar en el desafortunado turista que vino a este rincón del continente americano para ver correr su propia sangre, y no en el fallecimiento del rockero al que pocas veces oí cantar (y qué hermosa voz tenía)

Y pensé que la muerte de Spinetta no era trágica como la de aquél. La muerte de Spinetta, si cabía, era hasta dulce y serena (esto me lo inventé para no pensar en el cáncer de pulmón, fumadora de marca mayor y evasiva como soy) La de Spinetta ocuparía millones de pensamientos, suscitaría ingentes cantidades de lágrimas y notas: largas, cortas, en muros virtuales y en cualquier otro formato. La otra sería, a la larga, olvido, estadística. 

O mejor dicho, la muerte de Spinetta propició una reflexión distinta, no por fanática de su música, cosa que nunca fui, sino porque me devolvió la desazón que sentí cuando, a los poco días de llegar a esta ciudad, aún sin conocerla, aún ilusionada con los aires de cambio que se avecinaban (cambiar de país es una empresa que amerita también ingenuidad) supe de la muerte de Mercedes Sosa y no pude menos que recordar la voz amorosa de la tía que me crió cantándome Duerme, duerme, negrita. Recién llegada o recién marchada, como prefiera verse, fui víctima del primer sacudón del destierro, siempre presto a jugar con nuestra memoria.

Meses después falleció Sandro, y con mi novio fui hasta el Congreso argentino para fotografiar la despedida de sus dolientes: hombres y mujeres de todas las edades y venidos de todas partes del país y hasta de naciones vecinas. Murió Facundo Cabral, murió Sábato. Murieron lejos (casi idénticas horas de vuelo separan a Venezuela de Argentina y Alemania) Francisco Mata, Diony López - Popy, Pedro Penzini Fleury, Manuel Caballero. Mi memoria, selectiva como la de cualquiera, guarda a estos cuatro hombres de entre los que nos dejaron mientras yo hacía vida en otro lugar. El primero, por ejemplo, es sinónimo de mi isla (¿saben cuánto coraje debí reunir para adjudicarme el posesivo? Pero me suena mejor mi isla que mi país). Mi isla, Margarita, es mi infancia y con eso basta. Mi isla es un Motivo Guaiquerí en la voz de Francisco Mata, su creador.

De Popy no podría decir nada, pero sirve para ilustrar una época y un conjunto de experiencias y recuerdos colectivos. De todas (lo asumo a riesgo de ser incomprendida), fue la muerte de Penzini Fleury la que más me impactó. Cuando era niña, allá en Margarita, mi tía me despertaba con la emisora Éxitos, limpiaba la casa al son de la misma emisora y hasta recuerdo que mi papá se unió al furor de trotar todas las tardes (porque ya sabemos, Correr es vivir, y el libro reposaba en nuestra biblioteca) y hasta el día de hoy no ha cejado, convencido de los beneficios de dicha actividad. Y yo, poco aficionada a la música en boga (antes y ahora) adopté por costumbre tener la radio encendida sólo en el dial de esa emisora: no hubo amanecer antes de ir a la universidad en el que no escuchase a César Miguel Rondón hablar de la luna (“Tengan todos ustedes el mejor día posible”), y tarde en la que no oyese a Penzini Fleury comentar tópicos de economía que me eran imposibles de descifrar.

Antes hablé de épocas, de experiencias compartidas. Cuando supe del fallecimiento de  Pedro Penzini Fleury caí en cuenta que él representaba eso: mi infancia y juventud, mis tardes haciendo trabajos para la facultad; pero también y sobre todo, se encarnaba en él un tiempo anterior del país, un modo de ser ciudadano que privilegiaba el respeto, la ética profesional. Y lo siento si acaso estas líneas son entendidas como un regodeo en algo que fue mejor y se nos escapó a todos, como colectivo, de las manos (no soy yo quien pueda decidir semejante verdad histórica). Pero Penzini Fleury fue una suerte de oasis dentro de tanta polarización desquiciada. Y fue, además, una voz, una entonación, eso tan intangible que nos brinda la radio. Suficiente para mí entonces.

Lo cierto es que decir muerte es decir siempre, decir todos: la anónima que nos increpa, como  la  del francés, porque no queremos si quiera pensar que el destino de Argentina sea tan violento como el de Venezuela. O que el de Venezuela sea mucho más éste, tan pesado y cruel. Y la del famoso, que con su legado nos hizo sentir partícipes a nosotros, futuros ausentes, de una vida y un obrar.

Lo llamativo, lo que pretendía señalar desde el principio, es que cuando estás lejos la muerte se siente cerca porque el tiempo se mide también por ella: Todos los que han muerto desde que no estoy, todos los que murieron desde que estamos aquí. Sucede que la partida abre una brecha: uno se halla en el limbo de quien no termina de asimilar el presente. Estar es esforzarse constantemente por comprender al nuevo país mientras procuramos asimilar las razones que nos trajeron a él. Irse es peguntarse cada tanto si éste es el destino definitivo o si habrá vuelta atrás (porque Cambia, todo cambia), y en el proceso pisamos la frontera entre estar y no, y en esa cuerda floja fatal (para el ánimo, a veces) los muertos de aquí no se sienten propios (por más que su obra significase mucho en nuestras vidas) y a los de allá les debemos un adiós. Estar en Argentina en cada una de las mencionadas ocasiones me ha hecho sentir cual intrusa en funeral. Es como participar de la historia de algo a lo que apenas comienzas a asomarte. Estar en Argentina cuando aquéllos a quienes admiraba murieron en Venezuela, ha significado también comprender que no formo parte de la otra historia. Y sí, fue una elección de vida y así se asume, pero no por ello es menos dolorosa.

Contar el tiempo a través de la muerte puede sonar como un afán masoquista. No es cierto: nada más cercano a la vida que la muerte. Detenerse a pensar en ésta necesariamente es aferrarse a la otra. Los que se van siempre nos dicen, de alguna u otra manera, que para nosotros aún existe el presente: ¿estamos a la altura del reto que semejante ventura conlleva?

También pensar la vida gracias a la muerte es un ejercicio urgente de aprecio: por nosotros y por los otros. Es escuchar a ese cantante ahora y no sólo después, cuando seamos presas del arrebato por el homenaje. Es decirme que, si de muerte de famosos se trata, no quiero pensar en una posible despedida a César Miguel Rondón o a Gualberto Ibarreto. Porque sin pretender ser ave de mal agüero, si esos dos se van mientras yo aún viva, no bastará muro de Facebook ni tweet para decir cuánto los quise, esté cerca o lejos. Y qué se le va a hacer: el cariño es siempre subjetivo y cada cual tiene sus preferencias: a Gualberto lo quiero desde que tengo memoria, y por extraño que parezca, de César Miguel Rondón he estado enamorada desde aquellas mañanas antes de ir al colegio.  

2 comentarios:

  1. Es ¿notable? ¿extraño? ¿lindo? ¿conmovedor? que siempre que vas a hablar de algo, terminas, de una forma u otra, hablando del exhilio. En este caso, cuando dices: "los muertos de aquí no se sienten propios (por más que su obra significase mucho en nuestras vidas) y a los de allá les debemos un adiós.", estás hablando de lo mismo: de la falta de pertenencia, de ese no ser ni de aquí ni de allá. Leerte es comprender, mejor de lo que podría hacerlo leyendo un libro o un análisis sociológico-político, lo que significa vivir afuera, dejar la raices, tratar de establecerse en otro lado. Tus palabras siempre vienen llenas de una nostalgia que es, al mismo tiempo, amarga y dulce.

    No sé, quería decirte eso.

    Respecto a la muerte de los famosos, pues es un tema que tiene que ver con la reputación digital. En la medida en que las redes sociales influyen más en nuestra vida, surge la necesidad de armarse una personalidad digital, un yo virtual. Y siendo que ese "yo" lo vamos construyendo, he notado que de un tiempo para acá todos están preocupados en armar un avatar que sea más sensible, más culto, más comprometido, más "de mundo", más sexy, más fiestero, más cool que el yo real. Eso explica, creo, la enorme cantidad de causas justas que ahora se defienden en Facebook, Twitter y Tumblr, así como la reacción que genera la muerte de gente famosa.

    Es algo como: "que nadie diga que no me duele la muerte de este artista (aunque jamás lo seguí y su obra no significó nada para mí)"; "Ah, mira, una foto de un animal descuartizado, déjame posearla en mi muro con un comentario que me haga parecer un San Francisco de Asís, preocupadísimo por los animales"... Y así, nuesros muros virtuales se nos llenan de fotos de animales sufriendo, de mujeres golpeadas, de famosos muertos y de personas víctimas de la hambruna.

    No dudo que muchos lo hagan de buena fe, pero reconozco que me está cansando un poco eso. Por eso me gustó tanto lo de "si esos dos se van mientras vivo, no bastará muro de Facebook ni tweet para decir cuánto los quise, esté cerca o lejos. Y qué se le va a hacer: el cariño es siempre subjetivo y cada cual tiene sus preferencias...". Es muy honesto.

    Finalmente, sobre Pero Penzini Fleury "fue una suerte de oasis dentro de tanta polarización desquiciada. Y fue, además, una voz, una entonación, eso tan intangible que nos brinda la radio. Suficiente para mí entonces."

    ¿Tú lo llegaste a escuchar en las tardes cuando "conversaba"(nunca unas comillas fueron más apropiadas) con Colomina. ¡Pana, era como oír al país que tienes y al que quieres! Ese tipo era un caballero. Hay una caricatura de Weil que me mataba, déjame ver si la consigo.

    Gran artículo.

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  2. Sí, las mismas obsesiones. Antes, en otro texto, hablé del tiempo medido a través de los libros. Pasa que, ahora que lo pienso, estar lejos es aferrarse a muchos detalles para calcular el tiempo. ¿Será cuestión de buscar hacer tierra por cualquier medio que esté a mano? ¿Será que ignoramos cómo construir el presente y lo que vendrá desde otro yo -uno que ya no puede compartir con los otros la tristeza de ver partir a alguien que ellos desconocen-?

    Por otra parte, la construcción de esa identidad digital que mencionas tiene mucho de querer ganar presencia ante los demás, de ser partícipe a toda costa de lo que sucede en todos lados. Y se va de las manos a veces.

    Y claro, yo a Penzini le oía hablar de toda vaina: de deportes, cine, gastronomía, libros. No podría ser la excepción la famosa conversación con Marta Colomina. Ya era una suerte de stand up, una escena que, como bien expresas, aludía a nosotros por múltiples razones.

    Yo lo sigo extrañando, como extraño a César Miguel, porque de un tiempo a esta parte ya no es posible oír la señal en vivo de la emisora. Preparar el primer café de la mañana no es lo mismo, che.

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