lunes, 20 de junio de 2011

Cubiertas como excusas


Creo que la muerte nos hace a todos iguales, y que estar vivos
significa ser diferentes. Los objetos que nos rodean durante nuestra breve existencia deberían ayudarnos a disfrutar de esa prerrogativa.
Gaetano Pesce

Éste no es un texto sensiblero. No habrá aquí nostalgias edulcoradas de mi niñez. No es tampoco una oda a mi padre a propósito de la celebración mundial del domingo pasado. Todos hemos leído esos textos: los tropezamos en cientos de blogs. Aquí mismo, si se anima, encontrará tal vez ejemplos.

Papá es un hombre con nulas capacidades para la socialización; tiene la mirada acuosa, impenetrable. No es un hombre de abrazos o afecto: no sabe darlos. Tiene muchos miedos y sé que aún sufre por no haber podido seguir su vocación de músico. Es tosco y no posee ni siquiera el título de bachiller. Pero a papá lo vi cada día de mi vida con un libro entre manos.

Lee, lee mi padre incansablemente por necesidad de evasión. Un libro tras otro. Es incapaz de establecer una conversación conmigo y desde que lo conozco sólo ha sabido repetirme tres máximas: “Lee, Cristinita. Sé honesta. Sé constante”.

Papá no sabe de crítica literaria. No lee para ser erudito. Lee como coartada ante la vida, porque intuyo no soporta su rutinario vaivén; preso de una casa, una isla, y tal vez, muchas frustraciones, papá no podría existir sin el privilegio de recrearse en la literatura: buena o mala, premiada o no.

En la Margarita donde crecí había papelerías, no librerías. Así, el origen de muchos de los textos de la abarrotada biblioteca de nuestra casa era El Círculo de Lectores. Nada evoca mejor el encierro dominical de entonces junto a un libro, que esas ediciones de tapa dura y material corrugado (tela editorial, arroja la búsqueda en la web) con impronta de los años setenta en portada: ilustraciones de líneas rectas y simples; profusión de siluetas; uso de dos, máximo, tres colores.

En una librería de Corrientes, donde los libros usados y ajados vienen y van, hallé una de esas ediciones: El espía que surgió del frío, de John Le Carré. No lo pude dejar pasar. Estos libros (que estaban o están en muchas casas de muchas familias) se me antojan ahora casi objetos de colección. Me declaro fanática del esmero en el diseño, de la ingenuidad y poder de evocación de sus ilustraciones: una figura compuesta por dos piernas, una femenina y otra, de bota militar (Pantaleón y las visitadoras, de Vargas Llosa); un estuche de guitarra que es también espejo de la ciudad (País Portátil, de González León); un perfil femenino que sobresale entre contornos masculinos repetidos (La Mamma The fortunate Pilgrim, de Mario Puzo).

Me parece que contar con uno de estos libros es casi como poseer un dibujo de Leufert: puro belleza en la practicidad. No es exagerado si pienso en mi modesta biblioteca y en las ediciones que ha visto en librerías: menos abstracción y más literalidad parece ser la premisa.

Vistos sus defectos, queda clara cuán difícil sería la tarea de idealizar a mi padre. Y sin embargo, puedo concedérselo, porque aunque no me enseñó a leer, me enseñó a no parar de hacerlo y, con ello, a convertir el acto en fe.  

Con esta pequeña joya de 223 páginas recuerdo de dónde vienen los libros. Ojalá fuesen también pasaje a ese mundo donde él se refugia cada día, lejos de mí y de todos.
Lo siento, acabo de notar que falté a la promesa de las primeras líneas. 





1 comentario:

  1. Muy buen cierre.
    Con un LO SIENTO era suficiente de tan bueno el texto.
    O un Lo siento, acabo de notar que falté a la promesa.
    Excelente again.

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