domingo, 19 de febrero de 2012

Ser minita



Hace dos días claudiqué ante un posible texto sin articular siquiera una oración porque comprendí que tenía la sensibilidad edulcorada. Intuí el desastre: estaba razonando como minita y en consecuencia, escribiría como tal. Y no hay nada peor que escribir como minita; antes muerta que minita. Tomo prestado el término argentino pues al no ser de aquí puedo asignarle una carga semántica casi a gusto, sin las connotaciones que, en cambio, le adjudico al venezolano “jevita” (que en resumen me es impropio porque pocas veces lo usé y por alguna razón me remite a surfista en Cuyagua, pero eso no viene al caso)

Ser minita y escribir como tal, dos caras de una misma moneda que paradójicamente tiene una sola: eternas disertaciones sobre la sensibilidad femenina. Cargarse de sufridos amores con ínfulas de poetisa; metáforas sobre la sangre que corre entre mis piernas, la matriz y otros asuntos; compararse con una gata también cabe. Dar vueltas siempre sobre el mismo eje: el descubrimiento de la propia sexualidad y gritar ­­— ¡Oh, emancipadas! — cada hallazgo y cada gesto erótico. En suma, lo femenino. Susto.

Escribir como minita no tiene nada que ver con escribir como mujer. Es el mismo gesto de contemplarse absortas el ombligo lo que separa a las primeras de las segundas, porque como dije arriba, la única preocupación de las minitas consiste en elevar lugares comunes sobre más lugares comunes. Se es minita y se escribe como una cuando se pretende hacer de lo obvio una epopeya: sí, naciste mujer; es una circunstancia, no un motivo de fiesta, y ahondar en esa condición añade altura a ciertas barreras históricas. ¿Qué cómo escribe entonces una mujer? No lo sé, no quiero caer en esas odiosas disertaciones sobre qué es ser mujer y cómo hacen cine las mujeres (así hablan a veces las minitas). O si las mujeres escriben de un modo diferente a como lo hacen los hombres, porque no creo que sea así (no necesariamente) Pero sí sé que la minita escribe desde la cursilería y la ramplonería, y el diminutivo de su nombre da cuenta del lastre que le agobia.


Pero más allá de la escritura he notado, no sin cierta desazón, que debido al éxito de las redes sociales, la minita busca con afán construir una identidad bajos ciertos parámetros: liberada, concupiscente, coqueta, de avanzada. Innumerables cuentas de tumblr dan cuenta de ello: pantaletas, soft porn, cielos azules, flores, bocas rojas, nalgas, poses sugerentes, cuerpos abrazados, pies descalzos y motivos vintage se multiplican hasta el cansancio. Y el problema es la uniformidad, pues la abundancia y repetición del esquema devuelve una imagen de lo femenino que de tan artificial tiene gusto a sacarina. La práctica, irónicamente, ancla al género en unos límites casi reaccionarios: erotismo más que sexo, gracia más que chiste, lindura más que belleza, ternura y nunca violencia. No me jodan.

En la edición de El Amante/Cine dedicada a Bridesmaids (Paul Feig, 2011), una mujer firmaba una crítica en contra de la película por considerar que la misma copiaba recursos masculinos de comedia, de ahí la razón, según la autora, de que les resultase tan atractiva a los hombres. Su frase final es de antología: “(Bridesmaids) tendría que buscar nuevas herramientas para descubrir la auténtica comicidad de la mujer".

En la siguiente edición hallé mi revancha en palabras de otra mujer cuya crítica a favor de la misma película venía también a erigirse en respuesta al texto anterior. Palabras más palabras menos, la segunda autora abogaba por un mundo y un cine donde no sintamos la tentación de clasificar los roles, de delimitarlos a tal o cual manera de ser y de expresarse. De vuelta a lo anterior: ¿Debo por fuerza identificarme con un texto sobre citas amorosas a razón de haber sido escrito por una mujer? ¿Es la condición de la autora determinante a la hora de juzgar la calidad del mismo? ¿Hacer alarde de la propia sexualidad desde una perspectiva inocua, cerrada, pueril, tiene alguna razón de ser? Yo huyo despavorida al menor indicio, como le huyo al rótulo de “pornografía para mujeres” ¿De verdad? Y, no sé, cuando era púber seguro, pero a estas alturas exijo rudeza e imágenes explícitas, y no creo que lo que me excite sea precisamente algo hecho y pensado para “nosotras”. Después de todo: ¿Cuál es el “nosotras”? ¿En serio algunas mujeres (minitas) creen que existe tal cosa?


No, me repito: no quiero escribir como minita ni razonar como una porque la minita, por definición, es esa que ríe —a veces ruborizada— con los chistes de los hombres sin ser capaz de hacerlos ella. La minita todavía cree que las groserías son cosa exclusiva del mundo masculino (que tampoco sabemos qué es); no las dice no porque no quiera sino porque no debe. Ella es personaje pasivo y no activo, aunque disfrace su lugar en el mundo de pompa erótica y disquisiciones sobre lo que, de manera tan limitada, entiende que es ser mujer. Y es que de tanto definir lo indefinible es víctima de su propia circunstancia.

Por cierto, el último libro que leí fue escrito por una mujer, quien con un estilo seco y rudo erige a un personaje masculino encantador por amoral y hasta misógino: hablo de El talentoso señor Ripley, de Patricia Highsmith. 

martes, 14 de febrero de 2012

El discreto encanto


Desconcertado por sus reservadas maneras, el jefe —argentino, ajedrecista, en su historial una amante venezolana— le ha hecho saber a Jonathan que en nada se asemeja a la imagen que para sí había construido de nuestro gentilicio. Esto me lo ha contado varios días atrás el mismo Jonathan, y yo pienso ahora —como lo hice entonces, muda después de las risas de ambos— que a estas alturas del relato sería una tontería no haber aprendido nosotros también la virtud del silencio.  

viernes, 10 de febrero de 2012

Pensar la muerte


No necesito señalar que por estos días la muerte es asunto notorio y comentado. Por un lado (especialmente en Venezuela), se cuentan cadáveres cuyas identidades desconoceremos siempre, pero cuya existencia como evento siniestro por repetido (la existencia de un cadáver, vaya ironía) es la cifra que pretende desbordar un vaso al que, al final, parece siempre faltarle líquido.

Morir, como quien dice, se muere igual, pero si de famosos se trata, ahora muchos no quieren quedarse atrás en esto de escribir en muros e inventar homenajes. Qué culpa tienen los famosos si nosotros los queremos.

El mismo día que murió Spintetta, supimos los habitantes de Argentina, y posteriormente el resto del mundo (o simultáneamente, a estas alturas el tiempo es siempre el mismo para todos en casi cualquier parte), de un fotógrafo francés al que apuñalaron en Retiro, Buenos Aires, para robarle una cámara. Fue inevitable para mí pensar en el desafortunado turista que vino a este rincón del continente americano para ver correr su propia sangre, y no en el fallecimiento del rockero al que pocas veces oí cantar (y qué hermosa voz tenía)

Y pensé que la muerte de Spinetta no era trágica como la de aquél. La muerte de Spinetta, si cabía, era hasta dulce y serena (esto me lo inventé para no pensar en el cáncer de pulmón, fumadora de marca mayor y evasiva como soy) La de Spinetta ocuparía millones de pensamientos, suscitaría ingentes cantidades de lágrimas y notas: largas, cortas, en muros virtuales y en cualquier otro formato. La otra sería, a la larga, olvido, estadística. 

O mejor dicho, la muerte de Spinetta propició una reflexión distinta, no por fanática de su música, cosa que nunca fui, sino porque me devolvió la desazón que sentí cuando, a los poco días de llegar a esta ciudad, aún sin conocerla, aún ilusionada con los aires de cambio que se avecinaban (cambiar de país es una empresa que amerita también ingenuidad) supe de la muerte de Mercedes Sosa y no pude menos que recordar la voz amorosa de la tía que me crió cantándome Duerme, duerme, negrita. Recién llegada o recién marchada, como prefiera verse, fui víctima del primer sacudón del destierro, siempre presto a jugar con nuestra memoria.

Meses después falleció Sandro, y con mi novio fui hasta el Congreso argentino para fotografiar la despedida de sus dolientes: hombres y mujeres de todas las edades y venidos de todas partes del país y hasta de naciones vecinas. Murió Facundo Cabral, murió Sábato. Murieron lejos (casi idénticas horas de vuelo separan a Venezuela de Argentina y Alemania) Francisco Mata, Diony López - Popy, Pedro Penzini Fleury, Manuel Caballero. Mi memoria, selectiva como la de cualquiera, guarda a estos cuatro hombres de entre los que nos dejaron mientras yo hacía vida en otro lugar. El primero, por ejemplo, es sinónimo de mi isla (¿saben cuánto coraje debí reunir para adjudicarme el posesivo? Pero me suena mejor mi isla que mi país). Mi isla, Margarita, es mi infancia y con eso basta. Mi isla es un Motivo Guaiquerí en la voz de Francisco Mata, su creador.

De Popy no podría decir nada, pero sirve para ilustrar una época y un conjunto de experiencias y recuerdos colectivos. De todas (lo asumo a riesgo de ser incomprendida), fue la muerte de Penzini Fleury la que más me impactó. Cuando era niña, allá en Margarita, mi tía me despertaba con la emisora Éxitos, limpiaba la casa al son de la misma emisora y hasta recuerdo que mi papá se unió al furor de trotar todas las tardes (porque ya sabemos, Correr es vivir, y el libro reposaba en nuestra biblioteca) y hasta el día de hoy no ha cejado, convencido de los beneficios de dicha actividad. Y yo, poco aficionada a la música en boga (antes y ahora) adopté por costumbre tener la radio encendida sólo en el dial de esa emisora: no hubo amanecer antes de ir a la universidad en el que no escuchase a César Miguel Rondón hablar de la luna (“Tengan todos ustedes el mejor día posible”), y tarde en la que no oyese a Penzini Fleury comentar tópicos de economía que me eran imposibles de descifrar.

Antes hablé de épocas, de experiencias compartidas. Cuando supe del fallecimiento de  Pedro Penzini Fleury caí en cuenta que él representaba eso: mi infancia y juventud, mis tardes haciendo trabajos para la facultad; pero también y sobre todo, se encarnaba en él un tiempo anterior del país, un modo de ser ciudadano que privilegiaba el respeto, la ética profesional. Y lo siento si acaso estas líneas son entendidas como un regodeo en algo que fue mejor y se nos escapó a todos, como colectivo, de las manos (no soy yo quien pueda decidir semejante verdad histórica). Pero Penzini Fleury fue una suerte de oasis dentro de tanta polarización desquiciada. Y fue, además, una voz, una entonación, eso tan intangible que nos brinda la radio. Suficiente para mí entonces.

Lo cierto es que decir muerte es decir siempre, decir todos: la anónima que nos increpa, como  la  del francés, porque no queremos si quiera pensar que el destino de Argentina sea tan violento como el de Venezuela. O que el de Venezuela sea mucho más éste, tan pesado y cruel. Y la del famoso, que con su legado nos hizo sentir partícipes a nosotros, futuros ausentes, de una vida y un obrar.

Lo llamativo, lo que pretendía señalar desde el principio, es que cuando estás lejos la muerte se siente cerca porque el tiempo se mide también por ella: Todos los que han muerto desde que no estoy, todos los que murieron desde que estamos aquí. Sucede que la partida abre una brecha: uno se halla en el limbo de quien no termina de asimilar el presente. Estar es esforzarse constantemente por comprender al nuevo país mientras procuramos asimilar las razones que nos trajeron a él. Irse es peguntarse cada tanto si éste es el destino definitivo o si habrá vuelta atrás (porque Cambia, todo cambia), y en el proceso pisamos la frontera entre estar y no, y en esa cuerda floja fatal (para el ánimo, a veces) los muertos de aquí no se sienten propios (por más que su obra significase mucho en nuestras vidas) y a los de allá les debemos un adiós. Estar en Argentina en cada una de las mencionadas ocasiones me ha hecho sentir cual intrusa en funeral. Es como participar de la historia de algo a lo que apenas comienzas a asomarte. Estar en Argentina cuando aquéllos a quienes admiraba murieron en Venezuela, ha significado también comprender que no formo parte de la otra historia. Y sí, fue una elección de vida y así se asume, pero no por ello es menos dolorosa.

Contar el tiempo a través de la muerte puede sonar como un afán masoquista. No es cierto: nada más cercano a la vida que la muerte. Detenerse a pensar en ésta necesariamente es aferrarse a la otra. Los que se van siempre nos dicen, de alguna u otra manera, que para nosotros aún existe el presente: ¿estamos a la altura del reto que semejante ventura conlleva?

También pensar la vida gracias a la muerte es un ejercicio urgente de aprecio: por nosotros y por los otros. Es escuchar a ese cantante ahora y no sólo después, cuando seamos presas del arrebato por el homenaje. Es decirme que, si de muerte de famosos se trata, no quiero pensar en una posible despedida a César Miguel Rondón o a Gualberto Ibarreto. Porque sin pretender ser ave de mal agüero, si esos dos se van mientras yo aún viva, no bastará muro de Facebook ni tweet para decir cuánto los quise, esté cerca o lejos. Y qué se le va a hacer: el cariño es siempre subjetivo y cada cual tiene sus preferencias: a Gualberto lo quiero desde que tengo memoria, y por extraño que parezca, de César Miguel Rondón he estado enamorada desde aquellas mañanas antes de ir al colegio.  

domingo, 5 de febrero de 2012

Educación sentimental



También yo creo a veces en una mentira que es en realidad un prejuicio gigante y en consecuencia, un disparate: la felicidad aburre y parece restarnos distinción o inteligencia; pero lo estimo sólo en lo que a las mujeres respecta, porque las que me son afines llevan a cuestas este cinismo del que, cómo no, me jacto en ocasiones. Ocasiones que de un tiempo a esta parte son más escasas, como comprobé esa noche en medio de suficientes cervezas cuando alguien me preguntó si era yo optimista o pesimista, y mi respuesta, tan sorpresiva por sincera —y tal vez para los otros tan falsa por edulcorada—, fue que quizás sea yo pesimista, pero a la felicidad he aprendido a verla a los ojos, le sostengo la mirada y le mido las esquinas: así me amparo de cualquiera que venga a decirme que no existe, cuando está ahí, clara y encendida en tu beso matutino, y hasta en las diminutas cosas que hicimos de la nada. Es incluso corpórea, aunque se solape en este destino que no es ni remotamente de ensueño, y cuyas fisuras desarman mi cuerpo en las tardes. Pero si la vida —como advertía Pessoa— es una cosa triste compuesta por intervalos alegres, más me vale reparar en los prodigios y agradecer la fortuna. Ha de ser efecto del viaje, que a nadie con dos dedos de frente deja incólume, pero a la otra que era yo la contemplo con pena cuando calculo las alegrías que le fueron escasas por ciega, o es que, siendo justa, le debo infinitas sonrisas por igual cantidad de jirones de carne que dejó en el trayecto. 

martes, 10 de enero de 2012

Buenos Aires no es un puerto


Cuando en la televisión anuncian cuarenta grados y las moscas se posan sobre las paredes y las cosas, yo insisto en colar café para acentuar el despertar a pleno sol mientras los perros se echan en el piso. El cielo sin nubes me arranca de la cama desprovista de resistencia y así recobro el viejo hábito antes relegado por el invierno. Aunque es temprano ya las corvas están húmedas y las cortinas bailan fatigadas como esas moscas diminutas que van de la borra del café a los techos sin reparar en el movimiento de las aspas del ventilador. Este es el tiempo codiciado a la vera de una calle en noches de pies entumecidos y mejillas heladas, cuando las manos se ocultaban de los objetos y sus contornos.
A mediodía el vapor asciende y mi perro busca clemencia debajo de la cama. Yo quiero sumarme a su juego de escondite porque ya mi cuerpo es pura masa hinchada: panza, cabeza, piernas hinchadas. Recuerdo entonces que al calor del verano la pesadez es asunto implacable y hasta el sabor del cigarrillo nos escuece en la garganta.
Del vetusto radio de la cocina emerge una música que me hace invocar lugares con charcos donde el limo verde hace vida, justo allí donde ésta se detuvo a grandes rasgos, a no ser por un hombre que levanta tierra con su andar en el horizonte u otro animal que resiste bajo la piel ulcerada; incluso, una pomalaca que cae roja y colma el aire de ese extraño olor que es también el de las rosas.
El verano es cosa de pueblos muertos siempre a la espera de viajantes, de un mero acto transfigurador que al final se estanca entre bancos de plaza. A Buenos Aires también la dejan solitaria y mustia sus pasajeros cuando llega este verano que es alerta amarilla y naranja cada tres días de tan ajeno y de tan a espaldas al río. Sin embargo, un taladro chirría, los colectivos pasan. Yo insisto en mi fe ciega hacia el café para espantar la modorra y los bichos que de nuevo se burlan de mi paciencia y revolotean, como otrora lo hicieron, para anunciarme el prodigio de este sol inclemente. Pero ahora creo que es un desperdicio el sudor que ya se empoza en sábanas y muslos, pues del verano lo primero que sé lo ignora Buenos Aires: el verano es la certeza del mar aunque se oculte detrás de los cerros. Playa para el sediento, arena para el cansado: también por eso te abandonaron los tuyos a esta fecha, Buenos Aires, aunque engreída debo afirmar que esas aguas australes no son, no pueden ser verano. Otoño, invierno y primavera te concedo, pero en el futuro sabré a qué atenerme cuando avizore el  vuelo de los insectos.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Inspirational-Celebrational-Muppetational



El primer motivo para escribir sobre Los Muppets (James Bobin, 2011) puede parecer caprichoso: después de asistir a la Avant-Premiere de la revista El Amante me urgía tener una imagen de esta película en el blog. Parecer, dije, pues en realidad responde a una certeza: Los Muppets es una de las mejores películas a estrenarse el próximo año. Olvídense de nostalgias: el universo que construye este filme es tan eficaz y vibrante que cualquier reparo por tiempos remotos es anulado ante la convicción de que Los Muppets (los personajes, a la par de la película) son presente: uno variopinto y enternecedor, tal como Walter, la nueva adición al reparto.

Quedan muchas ganas de repetir la experiencia y, entre una cosa y otra, cantar y bailar al ritmo de la estupenda banda sonora. Por lo pronto no añadiré más para no arruinar las sorpresas que contiene el filme (son muchas).

Sí, estoy hablando de cine de nuevo, y de vuelta, con júbilo, mas no por azar. Lo que en primera instancia perfilaba como curiosidad terminó siendo una carrera universitaria especializada en el área y a posteriori, una gigantesca duda transformada en alejamiento: ya no le encontraba el chiste a todo esto del cine; vamos, apenas si la gracia. Hasta que, de un tiempo a esta parte, me hallé seducida por la escritura y la pasión de un crítico de cine. Y pasión es la clave para lo que me interesa relatar. Hay muchos críticos de cine: blandengues, malhumorados, cándidos, enrevesados. Y están, lo sabemos de sobra, aquellos que cumplen a cabalidad el rito del manual para críticos de periódicos y afines: un corsé bajo el cual toda película es susceptible de ser evaluada, seccionada y disecada según idéntico procedimiento, dejándonos con la triste sensación de que lo visto por aquél no es más que un objeto insulso, incapaz de movernos a nada. Creo que a través de esa mirada el hecho cinematográfico pierde toda su vitalidad, y el mismo crítico desperdicia la oportunidad de decirnos algo novedoso (en lo visto, pero también en el modo de expresarlo)

Así las cosas, este nuevo enamoramiento del cual soy presa se lo debo a un crítico de cine con la agudeza indispensable para marcar las faltas, pero con la necesaria (y urgente) capacidad de recordarme por qué vale la pena seguir intentando este ejercicio que trasciende la pantalla. Para enamorarse, para desatar pasiones, hacen falta ciertos elementos conectores (vaya usted a saber cuáles, pero indudablemente existen). Cierto deslumbramiento, cierta afinidad. Yo hallo eso cuando Javier Porta Fouz (el crítico en cuestión) dice lo siguiente en Hipercrítico:
No pocos espectadores de cine pretenden aparentar “seriedad y buen gusto”. Entre ellos, suele haber muchos que desprecian a gente como Sylvester Stallone en su rol de director. Incluso son capaces de preferir a gente como el canadiense Denys Arcand, el de la abominable Las invasiones bárbaras. Stallone es mucho mejor director de cine que Dennys Arcand. Y lo ha demostrado más de una vez, especialmente con la muy recomendable Rocky Balboa (2006) [1]
 Y también cuando hace esta radiografía concisa de una película que me dejó poco más que indiferente:
500 días con ella dice y vuelve a decir siempre lo mismo y nada más, aunque lo desordena temporalmente para que –con un sistema que también usa Guillermo Arriaga– perdamos tiempo reordenando y tardemos dos o tres minutos más en darnos cuenta de que todo es de una banalidad aplastante.[2]
¿Entonces es ciego el enamoramiento? No, Javier Porta Fouz ha halagado películas para mí indefendibles (Avatar sería la mejor muestra), y de cualquier modo, querer coincidir en cada crítica y de esa manera, suscribir todo lo dicho por él (o por alguien, en este ámbito o en cualquiera) sería una soberana tontería. Sin embargo, en su argumentación sobre lo que para mí es inexistente, están los destellos, las rendijas, el material de eso que llamamos crítica cinematográfica.  Y puedo estar o no de acuerdo, pero me agradará siempre (eso espero, el enamoramiento como fenómeno es fugaz) descubrir ideas y películas a través de una mirada tan desprovista de frialdad. Fue así, por ejemplo, como llegué a The Lincoln Lawyer (Brad Furman, 2011), cinta estupenda de la que no habría tenido conocimiento por otra vía:
Habitualmente, muchos críticos usan expresiones como “entre la pobreza de la cartelera se destaca...” o “brilla tal o cual cosa entre la medianía de los estrenos”. No tengo ganas de discutir esas expresiones demasiado automáticas, sino de ofrecerles un menú bien balanceado para que redescubran el placer de ir al cine (el placer de la emoción, la reflexión, la diversión y la pasión).[3]
Ahí está todo: comulgo con esta crítica que motiva, que convoca. Por cierto, para quien ignore el dato, Javier Porta Fouz es Jefe de redacción y editor de la revista argentina de crítica cinematográfica El Amante, la misma que invitó a los lectores a la función de Los Muppets y que ahora está de aniversario. 'Amante' es el exacto adjetivo que resume la motivación de este texto: pese a las consabidas reticencias que muchos profesan por la crítica de cine y los críticos, un crítico puede y debe ser capaz de demostrarnos en su quehacer que es también, y sobre todo, un gran amante del cine; nosotros por extensión compartiremos el entusiasmo. 


Y hablando de amantes: Los Muppets ya no existen, ni como programa televisivo ni como grupo de amigos. El hilo movilizador de toda la película es Walter, un entusiasta de la vieja serie que hará todo lo posible por traer de vuelta a sus héroes y con ello, activar el poder insoslayable de la risa. Es decir, siempre habrá segundas oportunidades para revisitar nuestras querencias: he allí otro motivo para escribir. It's time to light the lights.


[1] Tres películas. En: HiperCrítico
[2] Qué es la crítica - Primera entrega. En: HiperCrítico
[3] Todos están equivocados. En: HiperCrítico

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Una gran película


Oh! You do?
Annie Walker - Bridesmaids (2011)


Pocos días antes de terminar 2011 puedo afirmar algo que por simple no es menos extraordinario: este año fui inmensamente feliz en una sala de cine. Es irrelevante si fueron pocas o muchas películas visionadas porque hay una que sintetiza toda la dicha de la experiencia fílmica: Bridesmaids.

¿Cómo? ¿Alegría? Sí, alegría: brillante, vívida, sencilla, diáfana y sincera. Y no es poco como balance de fin de año, porque al recordar Bridesmaids concluyo que valió la pena estar aquí y haber disfrutado en grande y hasta las lágrimas de semejante película. 

Vaya, este balance es más carta de amor que otra cosa. Amor por Kristen Wiig, quien construye (como actriz principal y guionista) eso que no sabíamos que anhelábamos tanto hasta que por fin se hizo epifanía: la comedia hecha por mujeres, que no necesariamente para mujeres; de hecho, no lo es. De buenas comedias andamos todos ávidos; aún puedo recordar el vacío que dejó en mí Superbad (¡McLovin, McLovin…! ¿Y ahora qué vemos? ¿Cómo hacer para prolongar la risa?), y aún antes Anchorman: The Legend of Ron Burgundy; Fun with Dick and Jane; Talladega Nights: The Ballad of Ricky Bobby. Sí, la seña de identidad salta a la vista pues ya es mucho lo que se ha escrito a propósito de esta nueva factoría de la comedia norteamericana comandada por Judd Apatow. Pero lo lindo es que el director de Bridesmaids, Paul Feig, sube la apuesta y lo que antes fue risa generosa se convierte frente a estas seis damas en carcajada imparable, emoción e, incluso, en esa sensación de estar ante un pico difícil de igualar (todo tiene sentido, Feig ha dirigido varios capítulos de The Office)

Y Kristen Wiig. Por todos los cielos: ¡Kristen Wiig! Con el tiempo, los gestos, la voz, el cuerpo para poseer y rehacer la comedia a cada plano y cada escena ante nuestros asombrados ojos. Con esa rara capacidad para interpretar un personaje que resulta tierno de tan fracasado e inmaduro emocionalmente. Porque Annie, la protagonista de esta historia, está jodida en todo sentido concebible, pero ello jamás nos mueve a la lástima, sino al reconocimiento. Sin empleo, sin casa, sin novio y con una mejor amiga que parece haber adoptado otros gustos hasta desvanecerse y ser una persona distinta, Annie refleja (¡por fin!) a la mujer que, superada hace rato la década de los veinte años, no tiene la menor idea de qué hacer con su vida. Por eso antes afirmaba que no se trata de una película hecha exclusivamente a la medida del público femenino, después de todo, el fracaso concierne a ambos géneros por igual. Y si algo hay que agradecerle a Annie es la gracia con la que fracasa una y otra vez en su vida (ya la quisiera para mí)


Claro, hasta ahora para inmaduros y desorientados bastaba con los chicos. Durante los últimos años vimos surgir un cúmulo de películas que reclamaban la camaradería y los vaivenes de la amistad como territorio casi exclusivo de ellos; en ese sentido, para nosotras sólo quedaba la cursilería más rampante. Lo que ofrece Bridesmaids es la perspectiva de esta relación entre chicas más allá de la ropa, la frivolidad, las pijamadas, y el sempiterno diálogo sobre los hombres; todos aspectos válidos, sí (soy fanática de Sex and The City, incluidas las películas. Hey, por eso lo llaman fanatismo) pero insuficientes. Entonces alegría, porque aquí hay novedad, pero también otra cosa lanzada en cara sin piedad ni tapujos: estamos solos. Annie se ha quedado atrás mientras Lillian (Maya Rudolph) camina no al altar, sino al universo kitsch de su nueva amiga Helen (Rose Byrn) No existe amistad inquebrantable, chicas. Y todo esto lo dice Bridesmaids en clave de comedia.

Es tan sólido el reparto que cometería un acto de injusticia si no reparase, por ejemplo, en la destacable labor de Melissa McCarthy, quien borda un personaje que destaca inclusive sin necesidad de diálogos (las expresiones durante el chiflado brindis o en la despedida de soltera) La mejor prueba del acierto del casting (cada actriz en un rango de comedia; una química inmejorable entre Maya Rudolph y Kristen Wiig que deja entrever mucho de improvisación) es que Bridesmaids no cuenta con una sino con infinidad de escenas y secuencias memorables, todas logradas, claro está, a fuerza de cohesión actoral, frases dichas en su justo momento y, obviamente, un director que da espacio y tiempo a las situaciones (el avión, la boutique de trajes de novia, la rutina del auto frente al policía ­­—Chris O'Dowd, de la serie The IT Crowd—, el desayuno de Annie y Lilian, etc.)

Y claro, lo escatológico. Una perogrullada negar que está bien, que siendo una comedia actuada por mujeres no hay necesidad de negarle cabida a este recurso (sí, en algún lugar leí una queja al respecto) siendo que su uso es más que favorable a los fines de la película.

¡Claro que alegría! Es simple: no hay nada más prodigioso y noble que una buena comedia. Bridesmaids no es la comedia del año: es la película del 2011. Entre tanta felicidad sólo restaba un número musical…bueno, hasta eso.