miércoles, 22 de agosto de 2012

Tombuctú. Paul Auster


  Se quedó allí esperando que acabara, observándola con esa mirada estoica y sombría que los perros llevan dirigiendo a las personas desde hace cuarenta mil años.

Tombuctú es lo último que leí de Paul Auster y no ha sido lo mejor pero sí lo más raro, porque Tombuctú es la historia de un perro: de sus ansiedades, miedos y alegrías y, sobre todo, del difícil proceso de separación de su amo, un hombre que ha perdido todo y vaga por las calles y escribe poemas.  Eso, ni más ni menos.

Míster Bones levantó la pata trasera izquierda y empezó a rascarse detrás de la oreja. A lo lejos vio a un hombre y una niña pequeña que caminaban despacio por la otra dirección, pero no se preocupó por ellos. Se acercarían, pasarían y daría lo mismo quiénes fueran. La lluvia caía ahora con más fuerza, y una ligera brisa empezaba a agitar por la calle envoltorios de golosinas y bolsas de papel. Olfateó el aire una vez, dos veces, y luego bostezó sin motivo aparente. Al cabo de un momento, se hizo un ovillo en el suelo al lado de Willy, exhaló un hondo suspiro y se puso a esperar los acontecimientos.

Es una historia dura porque nos coloca en el espacio de un otro insospechado, de alguien que mira al mundo y lo reconstruye a partir de una inteligencia excepcional, pero claro, también desde los márgenes y la indefensión. El universo de Míster Bones es su amo; de él ha aprendido a deambular sin pausa, por él la seguridad y el cariño han estado a la mano (pese a las incontables penurias que han sobrellevado impávidos). Y valga decirlo, ese duro trajinar es lo mejor a lo que puede aspirar Míster Bones, puesto que lo único verdaderamente indispensable para un perro es sentir que su lugar al lado del hombre no le será arrebatado.

Una virtud de Tombuctú consiste en no hacer de Míster Bones un tipo tonto. Al contrario, es un personaje duro consigo mismo, desconfiado cuando corresponde, acosado por no saber enfrentarse a los rigores del desamparo —al punto de plantearse si no habrá derivado en snob al confiar su seguridad en una persona, extraviando así la pericia y los instintos de tantos otros perros callejeros—.

Si uno ha tenido la fortuna de rescatar a un Míster Bones de la calle, toda Tombuctú se transforma en prodigio: es la sorpresa de reconocer los pequeños gestos casi como examinados por primera vez. Entonces no queda más que volverse añicos ante semejante lealtad y belleza. Yo lo he leído en pocas horas y fue imposible no abrazar de tanto en tanto a mi adorado amigo, otrora vagabundo.

Pueden descargar el libro aquí.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Cuatro paredes y dos perros


"Luego, repentinamente consciente de lo que su mente le está haciendo, se pregunta por qué se ha vuelto tan sentimental, por qué no paran de ocurrírsele esos pensamientos, cuando durante tantos años nunca se le han ocurrido. Todo es parte de lo mismo, piensa, avergonzado de ser así. Esto es lo que pasa cuando no tienes con quién hablar".

Paul Auster. Fantasmas (La Trilogía de Nueva York)

viernes, 27 de julio de 2012

To Rome with love



Woody Allen es un tópico y yo últimamente no encuentro nada de lo que busco o es tal vez que busco siempre como inmóvil. Mejor dejar los párrafos aprendidos y dictados para otros y decirles que me aburrí de lo lindo, a diferencia de los adolescentes a mi lado, que reían exultantes mientras intercambiaban cotufas. Y escribirle a Woody, claro, que el amor no es demagogia y por eso me abstengo de las fórmulas y le ruego que si hay otra no desaparezca así en el metraje porque sus chistes son un vestido que no encoge y siempre entalla; que si a usted le da por hacer con tesón yo le celebro la belleza indiscutible de un hombre cantando bajo la ducha, eso y poco más, pero lo celebro como quien agradece apenas un gesto en la aridez del paisaje. 

miércoles, 25 de julio de 2012

Parampampán


¿Ciudad mística? Ciudad de mierda, mejor. Se pregunta a cualquiera, al desharrapado, al triste, a quien ha hecho una sola comida hoy, a quien no entiende nada, a quien está parado en la esquina, a quien vive así nomás, y tiene el coraje de decir:
— Aquí, vale, llevandola —sin el acento en la á para que rime con bola.
— ¿Pero qué haces? 
— Nada.
— ¿Cómo nada? 
— Sí... jodido pero en Caracas.
— Pero...
— Nada, mi llave, ¡Caracas es la sucursal del cielo!.


País Portátil. Adriano González León.


Nota: La imagen de arriba corresponde al reencuentro de un grupo de amigos en el perrero de confianza. Es, por mucho, la mejor foto de un reencuentro que he visto en Facebook (y en la vida. O casi).

viernes, 20 de julio de 2012

Breve relato patriota con boina roja y lima de uñas



En el año X la presidencia decretó que todo venezolano debía añadir ‘bolivariano’ y ‘bolivariana’ a su nombre. En el registro civil del Municipio Mariño del Estado Nueva Esparta, Maritza Bolivariana Gómez y Junior José Bolivariano Andrade presentaron a su pequeña hija, Yulitza Bolivariana Andrade Gómez.

Yulitza Bolivariana, al igual que todos los niños del reino petrolero bolivariano, recibiría en navidad los regalos traídos desde tierras muy lejanas por Simoncito. Atrás había quedado el perverso niño Jesús. Ahora Simoncito recorría las calles y trochas a caballo, siempre acompañado por su fiel amigo y maestro: el teniente coronel.

—  ¡Qué barriga bonachona tiene! —exclamaban los niños al ver la estampa del rey noble.

— ¡Qué ilustre la papada de nuestro excelso teniente coronel! ¡Oh, gran verbo! ¡Oh, todo bondad y sabiduría! —decían los mayores.

Y los niños abrían gustosos los regalos: alpargatas rojas, regios bustos del bienhechor, engrapadoras, limas de uñas para las coquetas niñas.

Y en el reino del detrito todos hablaban del Señor que les había traído tantas dichas. Y como aquél poco se daba a ver, puesto que sólo salía si Mercurio estaba retrógrado, siempre a bordo de su gigante nave escoltada, un hombre escribió un hermoso relato titulado “A través del vidrio del carro blindado y lo que el excelso encontró ahí”. Pero no faltó quien pensase que aquel relato se burlaba de Su Eminencia:

— ¿Qué puede haber en el vidrio, sino cagarruta de pájaro?”, mencionó alguno.

—  Está claro que no es más que una artimaña con fines deshonrosos —dijo otro.

—  ¡Es un infiltrado! ¡Estamos ante pornografía pura! —clamó un tercero.

Entonces el autor fue expulsado a los límites de la ciudad capital y, a fin de que nunca más profanase el devenir de los pueblos soberanos, condenado a releer la historia patria desde sus inicios, que, como es bien sabido, se remontan a un modesto pesebre barinés.