viernes, 24 de agosto de 2012
miércoles, 22 de agosto de 2012
Tombuctú. Paul Auster
Se quedó allí esperando que acabara, observándola con esa mirada estoica y sombría que los perros llevan dirigiendo a las personas desde hace cuarenta mil años.
Tombuctú es lo último que leí de Paul Auster y no ha sido lo mejor pero
sí lo más raro, porque Tombuctú es la
historia de un perro: de sus ansiedades, miedos y alegrías y, sobre todo, del
difícil proceso de separación de su amo, un hombre que ha perdido todo y vaga
por las calles y escribe poemas. Eso, ni
más ni menos.
Míster Bones
levantó la pata trasera izquierda y empezó a rascarse detrás de la oreja. A lo
lejos vio a un hombre y una niña pequeña que caminaban despacio por la otra
dirección, pero no se preocupó por ellos. Se acercarían, pasarían y daría lo
mismo quiénes fueran. La lluvia caía ahora con más fuerza, y una ligera brisa
empezaba a agitar por la calle envoltorios de golosinas y bolsas de papel.
Olfateó el aire una vez, dos veces, y luego bostezó sin motivo aparente. Al
cabo de un momento, se hizo un ovillo en el suelo al lado de Willy, exhaló un
hondo suspiro y se puso a esperar los acontecimientos.
Es una historia dura porque nos
coloca en el espacio de un otro insospechado, de alguien que mira al mundo y lo
reconstruye a partir de una inteligencia excepcional, pero claro, también desde
los márgenes y la indefensión. El universo de Míster Bones es su amo; de él ha
aprendido a deambular sin pausa, por él la seguridad y el cariño han estado a
la mano (pese a las incontables penurias que han sobrellevado impávidos). Y
valga decirlo, ese duro trajinar es lo mejor a lo que puede aspirar Míster
Bones, puesto que lo único verdaderamente indispensable para un perro es sentir
que su lugar al lado del hombre no le será arrebatado.
Una virtud de Tombuctú consiste en no hacer de Míster
Bones un tipo tonto. Al contrario, es un personaje duro consigo mismo,
desconfiado cuando corresponde, acosado por no saber enfrentarse a los rigores
del desamparo —al punto de plantearse si no habrá derivado en snob al confiar
su seguridad en una persona, extraviando así la pericia y los instintos de tantos otros perros callejeros—.
Si uno ha tenido la fortuna de
rescatar a un Míster Bones de la calle, toda Tombuctú se transforma en prodigio: es la sorpresa de reconocer los
pequeños gestos casi como examinados por primera vez. Entonces no queda más que
volverse añicos ante semejante lealtad y belleza. Yo lo he leído en pocas horas y fue imposible no abrazar de tanto en tanto a mi adorado amigo, otrora vagabundo.
Pueden descargar el libro aquí.
miércoles, 15 de agosto de 2012
Cuatro paredes y dos perros
"Luego, repentinamente consciente de lo que su mente le está haciendo, se pregunta por qué se ha vuelto tan sentimental, por qué no paran de ocurrírsele esos pensamientos, cuando durante tantos años nunca se le han ocurrido. Todo es parte de lo mismo, piensa, avergonzado de ser así. Esto es lo que pasa cuando no tienes con quién hablar".
Paul Auster. Fantasmas (La Trilogía de Nueva York)
viernes, 27 de julio de 2012
To Rome with love
Woody Allen es un tópico y yo
últimamente no encuentro nada de lo que busco o es tal vez que busco siempre
como inmóvil. Mejor dejar los párrafos aprendidos y dictados para otros y
decirles que me aburrí de lo lindo, a diferencia de los adolescentes a mi lado,
que reían exultantes mientras intercambiaban cotufas. Y escribirle a Woody,
claro, que el amor no es demagogia y por eso me abstengo de las fórmulas y le
ruego que si hay otra no desaparezca así en el metraje porque sus chistes son
un vestido que no encoge y siempre entalla; que si a usted le da por hacer con
tesón yo le celebro la belleza indiscutible de un hombre cantando bajo la
ducha, eso y poco más, pero lo celebro como quien agradece apenas un gesto en
la aridez del paisaje.
miércoles, 25 de julio de 2012
Parampampán
¿Ciudad mística? Ciudad de mierda, mejor. Se pregunta a cualquiera, al desharrapado, al triste, a quien ha hecho una sola comida hoy, a quien no entiende nada, a quien está parado en la esquina, a quien vive así nomás, y tiene el coraje de decir:
— Aquí, vale, llevandola —sin el acento en la á para que rime con bola.— ¿Pero qué haces?
— Nada.
— ¿Cómo nada?
— Sí... jodido pero en Caracas.
— Pero...
— Nada, mi llave, ¡Caracas es la sucursal del cielo!.
País Portátil. Adriano González León.
Nota: La imagen de arriba corresponde al reencuentro de un grupo de amigos en el perrero de confianza. Es, por mucho, la mejor foto de un reencuentro que he visto en Facebook (y en la vida. O casi).
viernes, 20 de julio de 2012
Breve relato patriota con boina roja y lima de uñas
En
el año X la presidencia decretó que todo venezolano debía añadir ‘bolivariano’
y ‘bolivariana’ a su nombre. En el registro civil del Municipio Mariño del
Estado Nueva Esparta, Maritza Bolivariana Gómez y Junior José Bolivariano
Andrade presentaron a su pequeña hija, Yulitza Bolivariana Andrade Gómez.
Yulitza
Bolivariana, al igual que todos los niños del reino petrolero bolivariano,
recibiría en navidad los regalos traídos desde tierras muy lejanas por
Simoncito. Atrás había quedado el perverso niño Jesús. Ahora Simoncito recorría
las calles y trochas a caballo, siempre acompañado por su fiel amigo y maestro:
el teniente coronel.
— ¡Qué barriga bonachona
tiene! —exclamaban los niños al ver la
estampa del rey noble.
— ¡Qué ilustre la papada
de nuestro excelso teniente coronel! ¡Oh, gran verbo! ¡Oh, todo bondad y
sabiduría! —decían los mayores.
Y
los niños abrían gustosos los regalos: alpargatas rojas, regios bustos del
bienhechor, engrapadoras, limas de uñas para las coquetas niñas.
Y
en el reino del detrito todos hablaban del Señor que les había traído tantas
dichas. Y como aquél poco se daba a ver, puesto que sólo salía si Mercurio
estaba retrógrado, siempre a bordo de su gigante nave escoltada, un hombre
escribió un hermoso relato titulado “A través del vidrio del carro blindado y
lo que el excelso encontró ahí”. Pero no faltó quien pensase que aquel relato
se burlaba de Su Eminencia:
— ¿Qué puede haber en el
vidrio, sino cagarruta de pájaro?”, mencionó alguno.
— Está claro que no es
más que una artimaña con fines deshonrosos —dijo otro.
— ¡Es un infiltrado!
¡Estamos ante pornografía pura! —clamó
un tercero.
Entonces
el autor fue expulsado a los límites de la ciudad capital y, a fin de que nunca
más profanase el devenir de los pueblos soberanos, condenado a releer la
historia patria desde sus inicios, que, como es bien sabido, se remontan a un
modesto pesebre barinés.
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