domingo, 16 de octubre de 2011

Buitengewoon Gedicht

Eran todos miembros de una honorable legión de espíritus apátridas.
Extendíase su presencia a distintos continentes, conjugando en secreto la cosmogonía del desterrado involuntario.
La nostalgia era una idea imposible y tormentosa, extraviada en un laberinto de inacabables peregrinaciones.
Suplicante y solemne regresaba siempre el mar: monstruoso enlace entre todas las vidas. Mas la tierra sin tierra y sin nombre no era única; era la suma de imágenes desdibujadas y recreadas por dos fuerzas: mente y tiempo.
Jamás conocí tan irremediables soledades.


domingo, 25 de septiembre de 2011

El Porno es Cultura

Eveready Harton in Buried Treasure, circa 1929

A tirar, a tirar, que el mundo se va a acabar.
Anónimo

Era mucha la gente que esperaba ante las puertas del MALBA (Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires) ese viernes alrededor de las 11: 30 pm. El programa: Cine porno mudo con música en vivo. La mirada de reconocimiento me devolvió esa característica conjugación de diseño de alto y bajo vuelo en los atuendos, tan distintivo de los estudiantes de carreras humanísticas. Mi emoción daba para apreciar las vestimentas antes que imaginar de qué iban las conversaciones.

A medianoche la sala estaba casi llena. ¿Así pasan sus noches al final de la semana estos chicos? Tal vez debería venir más a Recoleta. O a Palermo. O a ambos, me dije. Un presentador esbozó unas palabras a manera de introducción. Comentó, divertido, que recibieron algunas llamadas de personas intrigadas con la proyección y casi todas hacían la pregunta:

— ¿Qué tan porno es el porno?
La respuesta era obvia: —Únicamente como puede serlo. El porno es una sola cosa, antes y ahora: Sexo explícito. —expresó.
Risas de la concurrencia.

A continuación enunció el programa, compuesto por un cortometraje didáctico realizado por una importante universidad, tres cortometrajes de procedencia desconocida (el porno mudo en cuestión) y la sorpresa de la noche: Eveready Harton in Buried Treasure, un cortometraje animado cuya autoría se atribuye a los dibujantes de Félix el gato.

El primero fue una suerte de inciso que juzgué fantástico por contraponerse a las convenciones del porno común: una chica convence a su novio de realizar ejercicios sexuales para así poder alcanzar el tan ansiado orgasmo femenino. Si la pornografía construye un modelo del acto sexual que en nada (o casi) contempla la satisfacción femenina, este cortometraje venía a paliar los efectos; cual prólogo, parecía advertir: lo que verá a continuación es cine porno, pero recuerde que muchas mujeres ignoran cómo alcanzar el clímax; no está de más entonces llevar la intimidad también a las palabras y reconocer el cuerpo del otro, qué le gusta, cómo y a qué ritmo. 

Pese al obvio talante pedagógico del cortometraje, el primer desnudo dio pie a risas nerviosas por parte del público; risas femeninas en su mayoría; la risa femenina es tanto más sonora que la de su opuesto, es aguda, inocultable. Extrañada, pensé en la rivalidad entre los atuendos como señales del mundo educativo y cultural y aquella reacción ingenua, infantil acaso, de los presentes. Estos chicos y chicas saben dónde está el clítoris, ¿no?

A medida que la pareja de actores avanzaba (y aprendía o enseñaba) masturbándose mutuamente (Cambia el ritmo. Detente, por alguna razón estaba cerca y no sé qué pasó pero se escapó) también se acrecentaban las risas. ¿De qué coño se ríen: del de la chica en pantalla o de los propios aún no descubiertos, manipulados y excitados?

Del primer corto silente remarcaré la presencia de unas tetas perfectas en su grandeza y cualidad bamboleante: tetas blancas, robustas, que desafiaban la gravedad sin perder la justa curva de caída. Tetas que se extinguen entre el plástico. El hombre (un individuo cualquiera, me pareció notar que rondaba los 40 años) tenía en sus embestidas la dosis adecuada de sometimiento.  Dominante, exigía la felación a toda costa y, no satisfecho con la mujer de las espléndidas tetas (nalgas, cuerpo, que no merece injusticia), convocaba a una segunda a la habitación.

Le seguía un cortometraje mexicano que mostraba la imperecedera fantasía del sexo con una mujer que finge ser niña, y que de niña en este caso sólo tenía la ropa y una muñeca en brazos, pues venía a ejemplificar el modelo femenino de buena parte del cine porno: la mujer que mira a la cámara sin desparpajo, incluso despojada de cualquier necesidad de simulación de gemidos ni goce (vale, lo contrario a esto último se exagera en la pornografía actual hasta transformarse en distracción) y se deja hacer, segura, avezada. El giro inesperado lo otorgó su compañero, larguirucho y sin ningún atractivo: ninguno hasta descubrir su erección descomunal, tan descomunal que ya en la sala la exhalación de sorpresa se filtró entre la música.

Llegado el turno del tercer cortometraje (los giros idiomáticos de los intertítulos apuntaban que podía haber sido realizado en Argentina) las risas habían disminuido. ¿Cedieron los músculos a la relajación o se tensaron en el proceso de admirar los mismos planos cerrados del miembro que penetra desde atrás, los acostumbrados primeros planos del pezón, de la vagina, cuando tal vez ignorábamos que el sexo siempre fue sexo, aun para aquellos que se movían entre el silencio del blanco y negro?

La ironía es que las risas desaparecieran justo al arribo de la comedia, claro tono de este cortometraje que mostraba a un chico masturbándose a escondidas mientras observaba las aventuras sexuales de un señor y dos señoritas en una terraza. Al borde del paroxismo se les unía y así completaban un cuarteto ideal: hombre que da sexo oral a mujer que besa a la otra mujer, que a su vez recibe sexo oral del otro hombre. Y viceversa. ¿Y si en la adorable proyección del (¿ingenuo, creíamos?) cine porno silente mujer practica sexo oral a otra mujer y hombre hace lo propio con otro hombre…? Así fue, pero la cámara prefirió mostrar sólo a las chicas (¡vaya vieja fantasía!) y el silencio se hizo denso y rígido, sabrá quién si como los músculos o inclusive, las ideas.

¿Qué faltaba ya hacia el final? Zoofilia, hombre que sodomiza a otro hombre y también a una mujer, y para ello nada mejor que el hilarante cortometraje animado. Buen toque: la animación no es la realidad, ergo, podemos reír sin caer en apuros; porque la piel no es piel, ni el ano es tal. Después de todo, son dibujitos: graciosos, adorables y pornográficos.

La función había sido magnífica y la música en vivo —elemento que hasta ahora omití— absolutamente grandiosa. Quedó, eso sí, la duda en mi cabeza: ¿Qué revela la risa improcedente cuanto la emite quien a claras luces consume cultura? La risa puede delatar incomodidad ante lo desconocido (ignorancia), pacatería o doble moral (sé pero ser una dama me impide reconocerlo en público, finjo pues decoro y que mi mano abanique el bochorno). A consumir cultura entonces, muchachos, que el porno mudo hace al esnob.

domingo, 18 de septiembre de 2011

Tiempo impreso


Mi tiempo se mide en libros desde hace dos años: es lo que ha transcurrido desde mi llegada a Argentina, país al que arribé con sólo dos libros (veintidós kilos no son nada si de una vida se trata)

Después de aquel septiembre de 2009 sufrimos nueve meses sin empleo. Sin entrar en pormenores sobre tan difícil experiencia, diré que mi biblioteca de hoy era lo que entonces soñaba y necesitaba.

No encuentro mejor manera de expresar quién soy que esta imagen: los libros que compré en las grandes librerías y los que compré usados; los que he leído en colectivos, en paradas, en el trabajo, en casa, en el banco, en ascensores; los que dejó a buen resguardo otra viajera de paso; los que me han regalado o he encargado de Venezuela… Si dos años después me acerco siquiera un poco a quien quería ser, se lo debo a ellos (mi ritmo de lectura en Venezuela no era ni la mitad de intenso). Los libros me han salvado la vida durante este tiempo. No faltará quien diga que exagero. Con toda seguridad puedo afirmar que quien así piensa no ha sufrido la honda soledad del destierro, la cárcel de las posibilidades estrechas o, quizás, no ha descubierto (como afortunadamente hice yo) que los libros son una de las más grandes tablas de salvación.

Con estos libros he metido el dedo en la llaga, me he hundido y he salido a flote innumerables veces. Con ellos he combatido el hastío. Me han hablado y me han hecho hablar: me han dado voz. A través de ellos he visitado mi país y he asistido a otros tantos lugares, y de algunos me ha costado irme. El sueño del lector (ese trance que otorgan las buenas lecturas) es solitario, gratificante y hasta desgarrador. Yo reconozco mi buena suerte: tengo el don de acudir a él aunque el entorno no sea el más adecuado.

Son pocos los libros de mi pequeña biblioteca que aún esperan su turno, y entre los leídos, conservo con especial agrado uno que encontró mi novio en un supermercado durante nuestra etapa de desempleo, cuando sólo podía permitirme la lectura de algunas revistas viejas desechadas por los vecinos. Ignorando si cometía hurto (al parecer no venden libros en ese local, pero queda la duda) lo tomó y me lo trajo. Es una porquería, pero entonces lo leí con la avidez del abstinente.

No sé exactamente qué dicen de mí los títulos de mi biblioteca, no sé qué tipo de lectora soy (hay, además, tres ejemplares de Vogue: septiembre de 2009, 2010 y 2011) Yo diría que soy una lectora por necesidad, y estos dos tramos repletos de líneas subrayadas, mi mayor satisfacción. 

lunes, 5 de septiembre de 2011

Soñar, a veces

I'm a real person. No matter how tempted I am,
I have to choose the real world.
Cecilia, The Purple Rose of Cairo, Woody Allen (1985)


Tengo una vida aburrida y en gran medida se lo debo a mi trabajo. Odio mi trabajo. Ustedes verán: paso todas las tardes de lunes a sábado en un piso lleno de operadores telefónicos. Soy una más de los tantos gestores de cobranzas o, para hacerlo más simple, alguien que debe convencer —cual evangélico— a otros cientos de individuos que, ingenuamente, creen ser los primeros en argumentar las mismas líneas gastadas para no pagar sus malditas deudas. No sé si lo que resulta tan agotador es el hecho de estar obligada a hablar en demasía durante seis horas corridas, luchar por cobrar y ganar la respectiva comisión o simplemente, las ganas infinitas de salir de ahí y no poder. Todos los sábados pienso que sería un poco más feliz si trabajase de lunes a viernes. Está bien, mi vida amorosa es estupenda y hasta cuento con la fidelidad de dos perros. Pero tampoco de amor se vive.

Los domingos, sola en casa (mi novio trabaja ese día hasta tarde) trato de escribir. A veces lo logro y al lunes siguiente dejo el apartamento eufórica hasta que, a media tarde, frente al monitor, con los audífonos y el micrófono incorporado a la cabeza, echo un vistazo alrededor, me voy lejos del deudor que reclama una tasa abusiva de interés anual y de nuevo, me entristezco: qué lejana luce esa tarde en que fui otra, una capaz de sobreponerse a la rutina y crear.

Hace dos semanas tuve tres días libres seguidos: el sábado llamé para reportarme enferma y el lunes fue feriado. Dediqué el fin de semana a terminar un texto. El lunes decidí hacer una de mis actividades favoritas: ir sola a la primera función del cine. La película elegida fue Midnight in Paris de Woody Allen.

Dice José Urriola que “El buen cinéfilo se emociona con una película (…) El buen cine no se queda en el cerebro, sigue de largo hasta lugares más hondos.” Yo estudié cine y para bien o para mal, no me considero cinéfila, pero ese lunes, en una sala repleta de ancianos (Buenos Aires es un gran Parque Geriátrico —The Naked Gun 33⅓: The Final Insult dixit) me conmoví hasta las lágrimas al recordar quién había sido y la razón por la que decidí estudiar mi carrera. Mientras Owen Wilson era presa del más fantástico sueño durante las madrugadas de París, yo podía ver a la niña que fui adorar a Dalí y posteriormente, a Picasso. Y sentí de nuevo ese arrebato pueril que nos embargaba cuando cursábamos los primeros semestres de Artes y gozábamos de la ingenuidad y el desenfado que sólo concede la adolescencia tardía. Revivió el gesto atónito ante las láminas de un libro con fotografías de la obra de Toulouse-Lautrec; resurgieron las leves tardes de estudio mirando las últimas luces caer sobre La Maternidad de Baltasar Lobos.


Abandoné la sala de cine con una extraña mezcla de embriaguez y melancolía. Hacía frío y con las manos en los bolsillos de mi abrigo, caminé por la Avenida Corrientes, deteniéndome en las librerías, incapaz de ver nada pues todo lo quería abarcar, y en mi mente se repetía incesante el estribillo de Cole Porter Let’s do it, let’s fall in love. Decidida a permanecer en el hechizo tomé asiento en El Gato Negro, un hermoso bar que data de la segunda década del siglo pasado, y me comporté a la altura de mi fantasía: pedí un café y leí un cuento.

Contrario a lo que podría esperarse no volví renovada al trabajo el martes. De hecho, esa semana mi ánimo trazó una curva descendente casi imposible de remontar. La jornada se me iba en imaginar dónde había dado el giro de no retorno para perder lo que siempre había anhelado; en qué punto exacto de mi vida las cosas habían cambiado tanto hasta encontrarme en una oficina rodeada de gentes con quienes no podía compartir más que un mate y ocasionales comentarios sobre deudores. No los despreciaba, ni mucho menos, pero qué lejos estaban de aquellas horas en la sala oscura o de las otras, cuando sentados en el pasillo de la Escuela de Artes ambicionábamos la próxima clase de Estética o ser seducidos —una vez más— por la voz grave e íntima de Gabriel Kizer.

Después de su primera experiencia con el cinematógrafo, Máximo Gorki escribió: “No es la vida sino su sombra, no es el movimiento sino su espectro silencioso”. A la frase que retumbaba en mi cabeza se le sumó el recuerdo de Cecilia, aquel encantador personaje interpretado por Mia Farrow en The Purple Rose of Cairo: Cecilia, que de tan cinéfila desvaneció la frontera entre el afuera y el adentro de la pantalla. Fue la primera película de Woody Allen que vi en mi vida, también a solas en una función vespertina de la Cinemateca Nacional. Pero tanto ella como Gil Pender —Owen Wilson en Midnight in Paris— abandonan al final los mundos ilusorios que les son revelados. 

En pocos minutos será lunes y ya casi he dicho todo. Tengo una vida aburrida pero a ratos esta cualidad prosaica de la realidad se esfuma: basta, por ejemplo, con escuchar esa hermosa melodía de Sidney Bechet. 

domingo, 21 de agosto de 2011

La huida

No hay literatura inocente y el acto de abrir un libro puede transmutar muchas veces en condena. Algo similar fue lo que pensé al leer las siguientes líneas de El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez:

"El miedo era la principal enfermedad de los bogotanos de mi generación, me decía. Mi situación, me decía, no tenía nada de particular: pasaría eventualmente, como había pasado para todos los que habían visitado su consultorio. Todo eso me decía. Nunca logró entender que a mí no me interesaba la explicación racional ni mucho menos el aspecto estadístico de esas palpitaciones violentas, de la sudoración instantánea que en otro contexto hubiera sido cómica, sino las palabras mágicas para que la sudoración y las palpitaciones desaparecieran, el mantra que me permitiera volver a dormir de corrido."

En realidad no fue eso lo que pensé. Lo hago ahora a la luz de lo inevitable: escribiré sobre aquello que evité mencionar y será sólo porque un libro me ha obligado a hacerlo.  Entonces mis pensamientos no fueron tan solemnes: Carajo, estoy siendo interpelada. Asimismo: Mi miedo es normal, perfectamente normal. Alguien más (muchos más) han pasado por esto. Y: Si el libro escogido fuese de autoayuda encontraríamos al final (el personaje protagonista y yo) una solución —o una estafa—. Con el correr de las páginas y los días llegaría la sentencia: hurgarás, recordarás y darás forma a los contornos del miedo.
No hay literatura inocente, pero sí hay inocencia cuando ignoras algo tan definitivo como la sensación de un arma de fuego apuntándote. El ojo del arma que apunta y el ojo propio que mira al amado también ser apuntado. Todo eso (porque es un mundo el que corre y se escurre en cuestión de segundos) lo desconocí durante siete años viviendo en Caracas. Siete años de entrega sin restricciones: la Caracas que habité carecía de cinta amarilla de precaución para pobladores que no traspasan la frontera de Chacaíto. Después del primer incidente solía repasar mentalmente todos esos vaivenes por la capital, por lugares que ya no pisaría porque el frío del arma en el cuerpo los había transformado de potencialmente riesgosos a pasajes definitivamente infernales. Claramente, era un juego morboso para culparme por mi audacia e ingenuidad de provinciana antes de todo aquello.

Nunca imaginé que pudiese llegar a vivir en Los Palos Grandes. No hace falta ser muy avezado en materia de alquileres para entender que por esas calles tan calmas y donde el esnobismo es ley, las ofertas de inmuebles son más que prohibitivas. Lo eran —y bastante— también para mí, tesista de la Facultad de Humanidades de la UCV. Pero ahí encontré a buen precio (es un decir si usted se ha visto en la avasallante y depresiva labor de buscar donde vivir en Caracas) una habitación en una casa de familia. Bastante grande, el apartamento parecía el decorado de una película venezolana que tratase sobre el fenómeno de los nuevos ricos antes del viernes negro: un puma de cerámica, gigante, negro, daba la bienvenida. Mi habitación era la de servicio: imposible estar en pie, un brinco de la puerta a la cama individual. Cada mañana muy temprano me despertaba la música llanera que emanaba desde la cocina a un volumen demoníaco. Los Palos Grandes, el Soho caraqueño; el éxtasis de la revista Todo en Domingo; nuestro reducto de feria de diseño calcada con total desparpajo de otras latitudes, marico qué cool, webón.
Había decidido hacer mi tesis en video y no escrita, un trabajo historiográfico sobre una extinta sala de cine del casco histórico de Petare. Con el material ya grabado, acudí a los favores de un primo, editor profesional. Podía usar la máquina a partir de cierta hora de la tarde, cuando él había terminado con lo suyo. Editar exige muchas horas, mucha atención al detalle: digitalizar imágenes, seleccionarlas, ordenarlas… Mi fecha límite para la entrega se avecinaba y debía adelantar todo el trabajo posible. Mientras yo armaba la estructura del relato, mi primo y mi novio —amigos desde mucho antes de conocernos y enamorarnos— fumaban y oían música.
Eran casi las 3 de la madrugada cuando terminé aquella jornada. Mi primo sugirió acercarnos en el carro de los tíos hasta mi residencia en Los Palos Grandes y de ahí mi novio se iría a su casa, en el centro de la ciudad. Es corta la distancia de Los Chorros al Municipio Chacao, y más a esa hora de la noche. Caracas produce más desconfianza cuando está tranquila, porque nunca lo está, porque la tragedia aguarda agazapada y tú te confías: Es bonito este caos de cemento, de cristales, de cartón, de ausencia de historia, de olvidos; es bonita esta ciudad, repites para convencerte (esta vez más fuerte); qué amable, aunque a veces de un empujón te lance al despeñadero; qué calidez, qué flaco favor le hacen despotricando de ella, destacando sólo sus vicios; maldad e inseguridad hay en cualquier parte, Caracas no es la excepción y tampoco la cumbre; qué bonita es Caracas, coño, no hay que exagerar. Dilo tres veces y la hija de puta te traiciona.  
No puedo evocar nuestra conversación durante el trayecto y extrañamente, sí recuerdo haber contemplado desde mi lugar de copiloto la fachada del Lai King, el restaurante chino de la tercera avenida con tercera transversal. Pero tiene sentido si lo pienso mejor: me gusta la comida de ese lugar, y si algo le concedería a Caracas es su fabulosa gastronomía china. A veces me imagino de vuelta, sentada en uno de esos restaurantes de baldosas blancas: el olor a jazmín en el aire mientras bebo una cerveza Solera y doblo hasta convertir en miniatura la etiqueta de papel que he arrancado de la botella, porque la conversación es buena, porque se aguarda un mero con jengibre y cebollín, porque cuando no nos queda ningún recuerdo afable, la comida salva.

Estaba dándole el beso en la mejilla de despedida a mi primo y a partir de allí todos son fragmentos. La memoria es fragmentaria especialmente cuando de situaciones traumáticas se trata. Eran cuatro hombres, cuatro culatas de no sé qué tipo de armas golpeando los vidrios, cuatro tipos vociferando, amenazando. No sé si volteé hacia atrás tratando de conseguir auxilio en la mirada de mi novio. No sé si alguno de los tres exclamó algo. Sé y me pesa —porque lo sé, y saber es haber vivido y experimentado, no haber escuchado de alguien, no haber leído, ni visto en la televisión o en el cine— que nuestras reacciones en situaciones límites pueden sorprendernos. Ya fuera del auto los tres, cada uno con su respectivo verdugo apuntándole al cráneo, sé que mi reacción normal fue (y es, me lo dice este miedo que años después se empecina en no abandonarme) dejarme estar, paralizarme, borrarme, como si así pudiese desaparecer de la vista de todos, del radar de esa boca de fuego que sé, lo sé —no lo vi y lo sé—, estaba cargada. Las armas están cargadas, no me hace falta prueba alguna, eso sí no lo quiero saber. Pero mientras el hombre me tanteaba, una mano con el arma en la cabeza, otra mano bajando entre mis muslos hasta llegar a mi pelvis (no, panita, esta noche me porté bien, esta noche no tengo merca, esta noche y todas las anteriores me dediqué a la puta tesis, bien dicen siempre que toda mierda le pasa a uno cuando anda en este peo de la tesis) mientras hurgaba allí, con descuido, con paranoia, más allá de la línea que de acá (verga, están hasta atrás) vi con terror cómo, en igual circunstancia que yo, mi novio se mostraba rebelde. Y entonces sí, —esto lo recuerdo bien— rogué. Le rogué a él, quiero decir, le hice señas con la mirada (¿Qué coño haces? Quédate quieto. Quédate como Renny —me decía mi mamá—, quédate como muerta.) No rogué a nadie más: a los ateos se nos reconoce en estos instantes.

Hay una laguna: en algún punto me empeñé en mirar al suelo y me perdí parte de la representación (porque eso había sido: una de las tantas funciones por el estilo que tienen lugar en Caracas cada día y cada noche. Ya ni las reseñas quedan ¿para qué? Sin cadáveres todo resulta un pobre espectáculo) ¿Fueron minutos o simplemente segundos? Cuán breve es la pesadilla una vez que emergemos del sueño. Nada más quedábamos mi novio y yo en la acera, junto a la entrada del edificio, y en mis manos sólo las llaves del odioso domicilio nuevo. Debió explicarme que se habían llevado a mi primo en el carro. El resto fue subir y pedir ayuda a los desconocidos que me habían alquilado el cuarto. El padre de la casa, un tipo grande y gordo que siempre vestía chaquetas de alguna escuela militar, nos llevó en su camioneta a buscar a mi primo.
—A Parque Caiza, a Guarenas, por ahí siempre los dejan.
Mierda, qué sutileza. ¿Siempre dejan qué? ¿Qué se supone que debo buscar desde la ventana? ¿Unas bolsas negras con el cadáver de mi primo adentro, ya hinchado, ya transformado en estadísticas?
En parte fue así: se llevaron el auto y lo abandonaron en algún lugar remoto, y cuando lo vimos de nuevo apenas tenía un golpe en el rostro. Apenas, digo y, según supe luego, ésta era la segunda vez en dos años que le tocaba ser víctima de semejante maniobra tortuosa.
Cuando a la mañana siguiente volví al departamento de Los Palos Grandes, la mujer del militar me esperaba para reprocharme en tono discreto, pero no por ello menos acusador, haberlos colocado en tan peligroso escenario:
—Pero volver a esas horas, ¿dónde estaban? ¿Tú no andabas haciendo tu tesis? Mira si esos tipos te quitaban las llaves y entraban al apartamento…
Todo vestigio de antigua población solidaria se desdibuja ante la avanzada de la violencia. Dar la espalda, no responder por nadie, porque el miedo es de todos: no sé quién eres, no te conozco, no oigo tus gritos de auxilio; quiero estar a salvo.
Mi novio y yo huimos. No literalmente, quiero decir que buscamos y buscamos como locos hasta dar con un apartamento para los dos: quedaba en plena Av. Francisco de Miranda a la altura de Los dos caminos. De a poco me rendí al amparo de esas cuatro paredes. Mi creciente encierro era reflejo de mi vertiginoso desplome: primero dejé de frecuentar bares y sitios nocturnos porque las pocas veces que lo hicimos me encargaba —obviamente sin intención— de convertir la salida en infierno. Cada paso dado en las calles durante la noche era una constante palpitación, temía a todos y a todo. Luego fueron haciéndose cada vez más escasas las idas al cine. Posteriormente quedó al descubierto que tampoco de día podía andar tranquila.  Casa por cárcel para el culpable: drogarse, beber y en medio de la madrugada, contemplar por el ventanal el Ávila y esas calles donde todos son sospechosos, todos están al borde (de los nervios, del abismo).  Repetía que la ciudad estaba enferma porque yo lo estaba. Acumulé y aireé todo el odio posible hacia Caracas, la muy hijueputa, sobre todo durante una mañana de domingo en la que de camino a la panadería topé con un cadáver en la acera. Debieron pasar muchas horas para que lo levantaran.
De manera proporcional aumentaban las sutiles muecas de burla e incomprensión en los rostros conocidos ante algún comentario que hiciese sobre mi miedo. Caracas no acepta débiles, me río de tus exageraciones. No te conozco, no oigo tus gritos de auxilio; quiero estar a salvo.

Y entonces en algún punto tramamos el escape definitivo de la ciudad y el país, que debía llevarse a cabo en tiempo récord. Comencé a trabajar desde mi búnker y una tarde recibí una llamada de mi novio:
—Puta, Jonathan te está montando cachos con otra dragona.
Corté. Lo habían atracado en la Av.Urdaneta, de regreso de visitar a su madre.
¿Cuántas veces caminaste sola de noche por el Boulevard Panteón, la Avenida Urdaneta y la Avenida Fuerzas Armadas? ¿Cuántas anduviste por la Avenida Solano y te metiste en los after hours de la Casanova? Viste tanto e hiciste tanto y siempre pensaste que las consecuencias eran para otros porque después de todo, Caracas no es tan mala.
Quince días antes de volar a Buenos Aires, mientras abría la puerta del edificio de Los dos caminos, me apuntaron desde atrás. Eran dos y calculé que no tenían más de dieciocho años:
—El celular —dijo el primero.
—Las llaves —dijo el segundo.
—Las llaves no, por favor —respondí.
Estaban nerviosos y yo también y me dejé estar, me paralicé —de nuevo—. Les dí el celular, que guardaron en el bolso junto al arma, y sin prisa se fueron, rumbo al puente de Los Ruices. Eran pasadas las doce del mediodía y me habían seguido desde el centro comercial cercano. El vigilante no hizo nada, nadie en la calle hizo nada.
Paralizarse es ser cobarde, es dejarse subyugar, por eso al final el miedo nos deja la vergonzosa sensación de haber sido humillados. Ahora que el miedo es asunto corriente, se diluye y, paradójicamente, nadie lo siente. Y si sólo tú sientes miedo, estás solo. Y enfermo.

No podría describir el alivio que sentí al abordar el avión que nos trajo a Buenos Aires. Hizo falta poner pie en tierra para comprender que en gran medida, no he franqueado la distancia que me separa de Caracas. Lo sé en las noches cuando vuelvo del trabajo y con rabia, noto mi paso acelerado, el corazón detenido. He llorado muchas veces. Repito: Quiero caminar distendida, quiero ser normal. Cuando escucho el sonido de una moto acercarse (no sé por qué, no hay motos en esta historia), estoy allá de nuevo. Quiero arrancarle el significado, el contenido a esos ruidos que prefiero pensar, pertenecen al lugar que dejé.
No necesito que me señalen que Caracas no es Bogotá y que nunca viví el estallido de una bomba, o que nunca sentí la bala entrar y alojarse en los nervios: Basta el eco del estrépito y el silencio de muerte resonando a cada paso; basta saber que algunas pesadillas regresan apenas abandonamos la vigilia
A mi favor debo agregar que hace mucho dejé de imaginarlos tirados en alguna cuneta, con la herida de muerte en la frente y cientos de moscas zumbando sobre sus carnes podridas.

lunes, 25 de julio de 2011

Nadie gritará gol por nosotros

A Pipico

Eran ya pasadas las ocho de la noche del sábado 16 de julio de 2011. La hora de descanso en la oficina había culminado y todos aguardaban desde sus puestos, nerviosos, el resultado de un partido cuyo desarrollo ya no podían seguir. Todos menos yo. Qué sucediese entre Uruguay y Argentina me tenía sin cuidado. Mi selección jugaba al día siguiente y nada me privaría de verla, afortunadamente.
Sí, eran casi las nueve cuando en busca de agua, pasé por la sala de descanso. Y ahí, solo, entre sillas plásticas vacías, desafiando normas corporativas, me topé a Claudio: la bandera albiceleste rodeándole los hombros, las manos apoyadas en las mejillas, la luz blanquecina y artificial de oficina bañándole el rostro mohíno. Uno a uno, vi en la transmisión televisiva. No le hablé, intuí que quería seguir solo. Uno a uno y me fui. Aún quedaba partido y yo sólo podía rogar que una suerte opuesta me acompañase en la próxima jornada, porque yo también estaría sola ante la televisión. Sola en casa una noche de domingo en la que La Vinotinto podía darnos la infinita alegría ante Chile.

Nadie gritará gol por nosotros como nadie vivirá o morirá por nosotros. Gritar gol sólo sucede una única vez porque todas las anteriores se borran en ese instante (de absoluta euforia) en el que, como flashes, vemos pasar la vida. Y la vida la definen los extremos: ganar y perder. De ambos sabe muy bien mi primo Pablo Rosas, quien impulsado por los sueños incumplidos de mi tío, El Pulpo Rosas, dejó Araya con la idea fija de vestir la camiseta vinotinto.
Tres goles anotó Pablo para Venezuela en los Juegos Bolivarianos de 1993. Tres goles que lo hicieron merecedor del título Jugador Juvenil del Año por parte de la Federación Venezolana de Fútbol. Pero a la estrella sub 17 de mi familia, a ése, el Pablito de Trujillanos, el Zulia y no sé qué otro club del fútbol profesional venezolano, lo veo claramente el día que salió de un quirófano:
Pablo el de Araya, el de las piernas rápidas; Pablo, el que trotaba al amanecer por la playa; Pablo, el del balón perenne; Pablo, el orgullo de los primos. Pablo, el que nunca más pisaría la cancha para hacernos soñar con goles que se habían gestado en la modesta casa de la abuela. Pablo, severa y definitivamente lesionado, repitiendo en las entrevistas: “Mi sueño es ir a un Mundial con la selección”.

Arriba, quinto de izquierda a derecha: Pablo Rosas.

Balvanera, Buenos Aires, 7 pm del domingo 17 de julio de 2011. Absoluto silencio, como cualquier domingo en esta ciudad. Los cigarros que van de la mano a la boca y de la boca al cenicero, en un movimiento mecánico para no desviar la mirada, fija en la pantalla, como si el deseo pudiese concretar el pase y de ahí, la gloria. Por eso, cuando en el minuto 34 del primer tiempo, Arango envía el centro que Vizcarrondo cabecea certeramente, sigo ensimismada. Todo se ha detenido. El gol, cuando es favorable, siempre viaja en cámara lenta, pero esta vez intuyo que la concentración me ha fallado. Y espero los gritos, la conmoción a mi alrededor. En busca de apoyo dirijo la mirada hacia la ventana: silencio de Buenos Aires un domingo cualquiera. Recuerdo a Claudio en la sala desierta. Y grito gol, porque entiendo que nadie gritará por mí: no en ese estadio repleto de banderas chilenas, no en esta ciudad extraña. Tampoco lo harán a tiempo y con fervor los comentaristas argentinos. Gol, carajo. Gol.
El estupor es aún mayor ante la llegada de Cichero. Grito de nuevo, incrédula. Apoyo los codos en las piernas y me cubro el rostro con estas manos rojas de tanto aplaudir e hinchar. Y ahí veo a Pablo, feliz, celebrando en Araya. Nadie gritará gol por nosotros, Pipico, por eso hay que mirar fijo y no dejar que se nos escurra la historia.

domingo, 17 de julio de 2011

El país de los pequeños seres

Norberto apenas tarde. Director: Daniel Hendler

Hay un país de sueños frustrados y monotonía; un país detenido, silencioso. Hombres grises e inadvertidos lo habitan. Sus cuerpos robustos son la imagen de la inacción en un campo de batalla reducido a hazañas cotidianas. No hay espacio para la grandilocuencia o lo memorable.

Tuve noticias de aquel país sentada en una butaca de cine. No fueron las primeras pero sí, en todo caso, las más perdurables por sensibles. Y a veces para cumplir con el rol de buen espectador es necesario fingir ausencia de sentido común, como ésta que me lleva a afirmarles que gracias al visionado de tres películas yo he estado en Uruguay sin haber pisado jamás suelo uruguayo. Y Uruguay -según mi método más que subjetivo e irresponsable- es el verdadero país de los pequeños seres.

Podrían llegar si gustan de mirar con atención (al espejo o alrededor). Tal vez lo han hecho y entonces podríamos compartir la experiencia. Los pequeños seres están en muchas cuadras, en tantas, que han poblado el mundo. Han fracasado y en ocasiones lo ignoran. Viven con sus padres a una edad vergonzosa para reconocerlo; duermen con el enemigo: otro cuerpo que también existe por inercia. Cargan maletines, pantalones, chaquetas, peinados, extremidades, que han pasado de moda sin siquiera haber ingresado por una vez al circuito del patrón estético dominante. Así de desapercibidos para la grandeza van.

Gigante. Director: Adrián Biniez

Hasta que una cámara les hace el juego, como si de una operación al estilo Rosa Púrpura del Cairo se tratase. Pero al detenerse para mirarlas y narrarlas, sus vidas no mutan en epopeyas, sólo siguen siendo reflejo del gesto del hombre común: un gigante enamorado de una chica de limpieza; Norberto, un hombre tímido que decide probar suerte en el teatro; Jorge, un empleado de Cinemateca y nula vida social que ahora se queda sin empleo.

Es en el último caso donde, creo, la belleza cinematográfica corona lo sublime. Jorge vive del cine, es lo único que ha hecho en 45 años de vida. Vida útil: la que perdemos mientras los sueños se desdibujan; la que se va en oficinas, en horarios. Vaya ironía. Vida útil, también, la que comienza cuando nuestro diminuto e insulso universo colapsa y nos quedamos a merced del desempleo y la soledad y, entonces sí, hay que inventar un plan, tal como hace Jorge, quien telefonea a sus padres para decir: No me esperan para cenar, tengo cosas que hacer.
La Vida Útil. Director: Federico Veiroj

Y hay que hacer cosas, como Jorge: invitar a una chica a un café, cortarse el pelo, bailar en unas escaleras. Jugar a actuar la vida, que vivirla es menos que poco para todos nosotros, pequeños seres grises. Menos minúsculos si se nos filmase con tamaña sensibilidad y belleza.