Hay que pensar los correos que
escribimos a esos poquísimos amigos como ensayos de lo que ha de venir. Escribir como decir para convencerse, para
adecuarse a una realidad que de nuevo no se corresponde con lo planeado.
Escribirles, decirles a ellos lo que la golpeada esperanza no nos permite
reconocer en voz alta. Entonces uno va y les habla: tampoco aquí se está bien, la
maestría tendrá que esperar y, en cambio, vendrá un nuevo trabajo porque tanto
desempleo ya raya en el absurdo, y claro, será otro de esos muy feos, de esos
que sólo parece permitir este país: de audífonos y atención al cliente y mire
qué amable soy y cuánto disfruta usted al hablar con esta chica de acento
extraño porque los caribeños somos amables, no crea, algunos quedamos. Y
mientras uno escribe esos correos dominicales siente que todo no es más que un
eterno anuncio de caída; se ve como a un otro, un buen personaje a medio
terminar, no muy vistoso ni muy jodido, pero justo lo suficiente para
entristecerse y reírse al rato de tanto despropósito y sinsentido. Los amigos,
esos poquitísimos, estarán ya acostumbrados a estos regresos míos de batallas
que ni siquiera empezaron, por eso no les doy demasiados detalles, por eso a
uno le digo “Mirá, el mes pasado me invitaron a colaborar en el blog de Los
hermanos Chang, escribiré eso en un post-it y lo pegaré en la nevera para
cuando me invada la certeza de que este fue un año perdido”. Y se dice perdido
como se dice de mierda, para no jorobar con eufemismos, que tampoco se me dan.
Y quedan esos consuelos chiquitos: deletrear los barrancos, decir que escribí
unos cuentos, que leí muchísimo y bebí más. Vamos, que en vez de sentarme a
llorar ahora me da por reír: soy todo menos un buen ejemplo.
domingo, 14 de octubre de 2012
viernes, 5 de octubre de 2012
Hasta cuándo Topacio ciega.
- Mis niveles de ansiedad me impiden escribir de
manera hilada y coherente. Enumerar es una actividad más acorde con este
estado fragmentado de conciencia.
-
Escribir es sumar ansiedades.
-
De la campaña electoral me quedará un cáncer de
pulmón y gordura.
- Durante los últimos días, para rematar, sólo he
podido leer infaustas fotocopias universitarias. No leer ficción me convierte
en una persona muy gris.
- La Academia necesita dejar de citar a Marx por
un buen rato. Otra fotocopia que mencione la superestructura y me da un derrame
cerebral. Ni hablar del sistema-mundo y otras chorradas de autoayuda para
sudacas.
- Algunos familiares chavistas no dudan en
publicar cosas vergonzosas en Facebook.
- Nada me asusta más que la xenofobia, el clasismo
y el nacionalismo caduco que ostentan tantos venezolanos.
- Preferiría votar en Venezuela. Pero ya ven,
cumpliré con mi responsabilidad desde aquí.
- ¿Por qué insisten con eso de “no se emocionen,
hay que ir a votar”? ¿Emocionarse implica que el domingo, por obra y gracia de
Pepeto, olvidaré ir a la Embajada?
- Tengo las bolas hinchadas de tanto tibio con
superioridad moral. Sí, los mismos que dicen que todos los políticos son
iguales. También toda la gente pelotuda es igual, amiguito.
-
Mi agradecimiento con Henrique Capriles. De
verdad, pana: gracias.
- Agradecer no es lo mismo que adular. Y es
necesario tener la entereza para reconocer el esfuerzo y la dedicación de
otros, porque no sólo se trata de Capriles: hay un gentío allí que trabajó para
que hoy sea posible el entusiasmo.
- A la gente le encanta un milico. Sí, qué
obviedad. No por eso deja de resultarme escalofriante.
- El capo más capo de la vida es el que dice que,
de ganar Capriles, el país no cambiará. Patenten la frase e inclúyanla en los
bombones Bacci.
-
Qué desgracia tener tantos milicos en la
familia. Mi prejuicio más querido es el que guardo (con celo) contra los
militares.
- Casi todos los chavistas que conozco tienen un
cargo en la administración pública. Los más jóvenes son rebeldes de cafetín y
bono vacacional.
-
A Tibisay Lucena le urge encontrar un camino a
un nuevo estilista.
- Al momento de votar sonará en mi cabeza «Gonna fly
now» (sí, la canción de
Rocky) Mejor eso que la marcha de Globovisión.
-
El chavismo es
malo para la vista.
- Necesitamos curarnos del infame síndrome de la
reelección. Estoy en contra de un
hipotético segundo mandato de Capriles.
- Argentina hace sus mayores esfuerzos para generarme
tanta desazón como Venezuela. Peor que
un gobierno abyecto es tener que cargar con dos.
-
¿Te estás quejando mucho por la tensión y la
polarización electoral? Piensa en los despedidos de PDVSA, en las barbaridades
que se dijeron contra Franklin Brito, en la lista Tascón, en los presos
políticos (sí, los hay, basta de negaciones), en las últimas declaraciones de
Maripili Hernández, en las risas de Izarra. Piensa en los que murieron por
culpa de un gobierno de malandros. A lo mejor así pones las cosas en
perspectiva.
- Yo también quiero creer que algún día
regresaré a Venezuela. Y si es para trabajar en la educación pública, tantísimo
mejor.
-
Tengo cientos de razones para votar y para
desear fervientemente una victoria de Capriles.
- Una de mis mayores razones es mi padre. Mi
viejo ya no puede con tanta tristeza. Durante estos años lo vi apagarse, perder
toda esperanza. Hay quien vota por sus hijos: yo votaré por mi papá. Él merece
vivir sus últimos años con la alegría de haber sido partícipe del cambio.
-
Y como dicen en Margarita: Ojalá nuestro guarapo siempre tenga
hielo.
domingo, 16 de septiembre de 2012
Belleza
No sé nada de boxeo y la pelea de
ayer entre Sergio “Maravilla” Martínez y Julio César Chávez Junior es, apenas, la
segunda que he visto en mi vida. Pero
eso no cambia el hecho de que anoche vi más vida y más belleza en ese ring de
la que asoma — endeble, encubierta — en muchas
ficciones.
Mi desconocimiento me impide
narrar los hechos con el lenguaje adecuado. Apenas puedo ceñirme a una torpe descripción
de imágenes que, para mi mayor impotencia, se funden hasta ser apenas unas
pocas.
“Maravilla” Martínez lanza golpes
casi sin descanso. Chávez Junior recibe y esquiva, recibe y esquiva. Espera. En
medio de esa dinámica transcurre buena parte de la faena. Hay sangre en su
nariz. Cuando mejor se ubica Chávez contra Maravilla es cuando le arrincona. El
triunfo parece estar del lado del argentino, pero de repente un gesto retador
de Chávez nos indica que su método es más discreto y por eso, tal vez más
brutal: extiende los brazos y sube los hombros. “¿Qué? ¿Qué es lo tuyo?”, traduciría
un venezolano.
Menciono ahora la seña, quizá
intrascendente, quizá práctica común en el boxeo, porque fue imposible para mí
desembarazarme de la carga casi obscena que yacía en su desparpajo. Tras ella, todo lo que parecía evidente
truncaba en suspenso; la certeza retrocedía o, mejor, se deslizaba a un nuevo
terreno: el del desquite. Aun ensangrentado
Chávez prometía, a través de un gesto, batallar desde el aguante hasta tal
vez destruir a su adversario.
Por su perfección y crudeza los
dos asaltos finales escapan a cualquier consideración. Me contentaré con agregar que durante el
último round la promesa de Chávez fue cumplida a cabalidad: emergió de golpe hasta hacer caer a Martínez. Pero una vez en pie, tambaleante y ya por fin
herido, éste, lejos de sujetarse al torso de Chávez para mitigar el
ataque, continuó lanzando manotazos. Casi
podíamos vislumbrar el cuerpo yaciente, destinatario de estacazos fulminantes. “¡Ay,
Maravilla, metete atrás, querido!”, repetía el narrador argentino ante la
poderosa embestida del mexicano, que haría caer de nuevo a su contrincante.
Puñetazos alternados a igual ritmo hicieron de
los segundos finales una agonía. Chávez había despertado y Maravilla luchaba
por prolongar la supremacía mostrada en casi toda la jornada. Sangre, mucha
sangre. Gritos, vítores, abucheos.
No me interesa la violencia en la
vida diaria y puedo decir con absoluta honestidad que, si acaso algo me haría
dar media vuelta, sería ver a un hombre cercano irse a las manos con otro. Cualquier
situación que derive en violencia (fuera de la ficción, y el deporte es una suerte de ficción, con reglas, personajes, héroes y vencidos),
me genera una mezcla de asco y miedo. Demás está decir que, en muchos
casos, las vidas privadas de los
boxeadores suelen ser un despliegue de violencia doméstica, reyertas públicas
fuera del cuadrilátero y otros excesos. Nada de eso me interesa. Me atrae — y mucho —
lo que vi anoche, lo que sucede dentro de ese marco que dos hombres han
escogido para debatirse hasta las últimas consecuencias: con sus leyes, su rigurosa
rutina de preparación, su tiempo que pende de un hilo y el sudor y la sangre
que salpican en cámara lenta.
Horas después del suceso recordé
que idéntica sensación experimenté con Jackass
3D. No un placer afable, domesticado y traducido, sino un alud de emociones
para las que nada te ha preparado (nunca antes había visto Jackass, ni el programa ni las películas anteriores) Cada segundo
de Jackass funcionaba como un golpe; la
conmoción era continua, frenética — así es el ritmo de la película —
y al terminar ya yo estaba en otro sitio. Eso
pasa con algunas primeras experiencias: uno ha sumado algo que tiene un tanto
de indescriptible y otro de perturbador. Con Jackass, y ahora con la pelea de ayer, se repite esa dupla de
elementos.
Nada de
esto significa que no sea capaz de conmoverme, digamos, con un libro (la obra
de Coetzee, por ejemplo) o que no pueda ver belleza en Schiele. Pero es una
cualidad distinta, puesto que de lo que ahora hablo es de un movimiento
visceral, violento. Como tener sexo por primera vez (si tuvo usted la buena
fortuna de que la circunstancia le resultase favorable) o incluso, como esa
sacudida que se sufre en una montaña rusa: todas impresiones que se instalan de
manera perenne, que socavan la normalidad al permitirle al cuerpo salirse de
sí, desbordarse.
Tal vez
(seguramente) otros obtienen idéntico resultado al escuchar una sinfonía o al
ver una película diametralmente opuesta a la mencionada. Y está bien, cada
quien que busque la belleza donde crea posible encontrarla y que se la procure
cada tanto. Yo defiendo que Jackass 3D
es perfecta porque su actitud transgresora, conjugada con un uso magnífico de
la cámara y de colores, logran poner
en jaque no sólo el lugar del espectador, sino de ciertos valores y actitudes
y, aun más, de la noción misma del cine: le sacude la inocuidad, lo devuelve a
un espacio lúdico donde el desarrollo de un relato clásico no tiene cabida.
Lo
mismo me sucedió anoche gracias a dos boxeadores. Y es que no puede haber más
belleza y más vida que ahí donde dos hombres, amparados por su tenacidad y talento, convocan a la muerte.
domingo, 9 de septiembre de 2012
Let's party!
Un poquito más suave
Un poquito más suave
Un poquito más duro
¡Un poquito más duro!
¡Con la mano arriba! ¡Huey!
¡Con la mano arriba! ¡Huey!
¡Con la mano arriba! ¡Huey!
¡Esta fiesta no termina!
¡Con la mano arriba! ¡Huey!
¡Con la mano arriba! ¡Huey!
¡Que esta fiesta no termina!
Beneficios de no vivir en Venezuela
Si usted se fue de Venezuela y
las cosas no le han ido bien (más allá de los tropiezos normales que contempla
cualquier proceso de este tipo), podría descubrirse imaginando que, tras un
posible cambio de gobierno, también emergería un panorama más afable que le
permitiese regresar. Sólo un loco
dudaría de las infinitas bondades que depararía el triunfo de la oposición;
para empezar, retomar la alternabilidad ya sería bastante tras catorce años del
mismo tipo y los mismos cuatro office boys,
mejor conocidos como tren ministerial. Sin embargo, no está de más detenerse en
algunas ventajas de vivir en el extranjero, aunque sólo sea para afinar la
perspectiva; o bien para no deprimirse tanto cuando piensa en el ají dulce, el
mar Caribe, el cazabe con mantequilla y las birras con los panas.
-
Las reuniones de ex compañeros de secundaria son
inviables. Ya esto es una razón de peso.
-
Menos malandros. Menos probabilidades de ser encañonado
a las 12 del mediodía por un par de adolescentes ávidos de dinero fácil.
-
Nada de gaitas desde octubre.
-
Menor probabilidad de que un amigo proponga encontrarse
en un centro comercial.
-
Menos amigos o ninguno. Esto pertenece a la lista
contraria.
-
Puedes engordar. Nadie te dirá que antes eras más flaca
(o).
-
Nadie te conoce. Bueno o malo, depende.
-
Ahora usted es capaz de repasar mentalmente y hasta sus
detalles más recónditos, digamos, el sabor de un cachito de panadería. Lo
palpa, lo muerde, lo saborea. Vamos, su imaginación ha salido fortalecida en
este proceso.
-
Menos piropos cochambrosos.
-
Poder comprar chocolates, quesos y condumios importados
varios. No aplica en mi caso porque vivo en Argentina.
-
Las reuniones familiares no son mi fuerte, así que se
incluyen como beneficio supremo.
-
Como nadie lo conoce, usted podría verse obligado a ser
alguien nuevo. Quizá note que le gusta escribir, correr, andar en bicicleta o
bailar tap desnudo.
-
La franela roja ya no será símbolo de choque. Quizá
podría recuperarla para su guardarropa. De cualquier modo, ¿usted es pendejo?
Siempre pudo vestirse de rojo y darse el gusto de inducir la confusión entre
los demás.
-
Motorizados. No necesito profundizar.
-
Las execrables alarmas de carros de las que nadie se
hace cargo. Un día sonará una y usted, extrañado, notará que en la ausencia de
ese sonido maldito casi ha formado un oído absoluto.
-
La diana de madrugada los días de elecciones. ¿Se puede
estar más enfermo?
-
Su madre ya no podrá llamarlo un día sí y un día no
para contarle lo que usted ya sabe: que su padre es un insensible y que
volvieron a pelear por las mismas necedades por las que discuten desde hace
cuarenta años.
-
De tanto ver fotos de playas cristalinas —ahora
lejanas—, desarrollará un perenne rictus mohíno y le entraran ganas de asesinar
bebés chinos.
-
El San Nicolás de Banesco. La instalación florida en El
Guaire. Igual que los motorizados.
-
Imposible ver que la putrefacción de Porlamar, lejos de
aminorar, avanza. Una depresión menos.
-
Si usted fue el mejor alumno de su secundaria y después
jamás encontró un trabajo decente y terminó convertido en un fracaso de primera
línea, recuerde: no habrá reencuentros de ese tipo.
-
Ya no está solo: otros usan el rayado peatonal.
-
Si se muda a Argentina seguirá estando solo: usted se
guardará la bolsa de Doritos vacía en un bolsillo del jean; los abyectos
lanzarán eso y más a la calle sin remordimientos.
-
Los mismos sujetos que lanzan basura a la calle dirán
que Argentina se fue al carajo. Nunca es culpa de ellos, claro.
-
Gracias a lo anterior, usted comprenderá que Venezuela
no está aislada en su insania.
-
Ni bien sepan que usted es venezolano, le nombrarán a
Chávez. La dinámica le llevará a estar a un paso de la santidad o del espíritu
zen.
-
Los argentinos aman a Chávez. Supongo que españoles,
chilenos, peruanos y tailandeses también. El mundo es un lugar feísimo.
-
Si tiene perros o los adopta en su nuevo país —mi
caso—, agradecerá poder pasearlos con tranquilidad.
-
Ahora que conoce el invierno, y no de pasadita, percibirá
cuán ridículo se veía al proclamar que usted preferiría el frío. Déjese de
joder y busque oficio.
-
Los militares en las calles —y en cada rincón— serán un
recuerdo. Es como abandonar una película bananera futurista.
-
Advertirá que a los choferes de colectivos les está
prohibido musicalizar la jornada. Las cornetas al estilo ‘Enchúlame la máquina’
de las camioneticas son un indicativo claro de estar en el mundo relatado en
Idiocracy (Mike Judge, 2006).
-
¿Ha notado cuánta bulla hacen los venezolanos? Las
mujeres argentinas tienen una suerte de pito en la garganta. Digamos matraca, así evitamos el doble sentido.
-
Menos Bolívar, más Perón. La casa siempre gana, para nuestra desventura.
-
Lo que no se ve, se idealiza. En los momentos de mayor
desgracia, cuando siente que de estar allá seguramente habría conseguido el
empleo que ahora ni por asomo aparece, usted tendrá una imagen prístina y
espléndida de Venezuela. Felicidades: usted está en la cabeza de Chávez.
jueves, 30 de agosto de 2012
Deseos no preñan
Si yo fuese hombre andaría con un cigarro sobre la oreja,
usaría camisas hawaianas
y te llevaría a comer pollo asado.
Si yo fuese hombre la camisa me la dejaría entreabierta
y mostraría el pecho peludo.
Silbaría boleros, fumaría Astor Rojo y jugaría pool.
Si yo fuese hombre tendría un bigote corto
al estilo de Eddie Santiago
y leería a Cabrera Infante tendido en una hamaca.
Si yo fuese hombre contaría anécdotas de mis amigos,
personajes seductores,
consumados bebedores de güisqui de los más dudosos antros.
Si yo fuese hombre manejaría un Conquistador,
no me avergonzarían las malas palabras,
y bailaría pasodoble.
Si yo fuese hombre me burlaría de todo
no me tomaría tan en serio,
me gustarían las gorditas y no pensaría en el colesterol.
Si yo fuese hombre tendría condones en la guantera,
un casete de Los Ángeles Negros
y una corbata de canguros chiquitos.
Si yo fuese hombre bebería una cerveza helada
un domingo a las tres de la tarde.
Y no me importaría
que no te gustase el jazz.
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