jueves, 19 de julio de 2012

Los chicos cándidos


The Amazing Spider-Man



Hay chicos que ni están al margen ni habitan el centro. Los raros (y en la adolescencia casi todos somos raros, porque ésa es la condición de la edad), los nerviosos, los silentes. El nuevo Peter Parker (interpretado por Andrew Garfield) es todo eso, pero además —y esa añadidura es su fuerte— es un conjunto de guiños, muecas, tartamudeos profundamente encantadores. Es un rostro único y una silueta que no hace alarde de corpulencia. Es adorable, no tonto. Peter Parker no está ni fuera ni en el borde: es un personaje un poco corrido a un lado, como todos (o al menos, como todos los chicos torpes que siempre me gustaron) “Mira, soy una persona normal”, le dice Parker al niño que se encuentra en un auto suspendido; se ha quitado la máscara: y sí, es normal, porque lo anormal es un adolescente tan encantador y vivo, ahí, en pantalla. Sucede que innumerables veces hemos visto cuánto se confunde normalidad con insulsez, por eso agradecemos tanto que a un actor como Garfield se sume Emma Stone, que aquí y donde se le vea es una actriz única, deleitable como pocas (para la sosería ya existe Kirsten Dunst, haga lo que haga)  Y Spider-man es todo ese silencio, ese decir y no que pasa cuando ambos están juntos. De resto, no se trata de acción, sino del héroe, y el héroe no es más que un chico jugando a entender sus poderes. En ausencia de solemnidad, hay aquí mucha viveza; una cierta energía festiva que le va de maravillas al traje ceñido y elástico. Bah, que nunca me han gustado los menores, pero a este Spider-man me lo llevaría a casa. 

sábado, 16 de junio de 2012

La comparación inevitable

(Entre Perón y Chávez)



— Tratar de definir qué significa el peronismo es el deporte de los argentinos —dijo el profesor a la clase con una leve sonrisa—. Los alumnos rieron. Yo no tuve el valor.

Es complicado —por no decir que tortuoso, cargante, fastidioso— dejar un país politizado al extremo, asfixiado y sometido a la presencia inevitable de un hombre vivo, por otro en el que un muerto no da tregua, hasta el punto de desdibujarse para ser en cada cual lo que cada cual necesita o quiere ver.  

Sí, de Perón a Chávez hay mucho trecho. Sin embargo —y a riesgo de sonar desquiciada—, de la comparación surge el inevitable susto. El fenómeno del militar todopoderoso y henchido de amor por los desposeídos, lejos de desaparecer, reverdece y se ensaña contra todo sentido común. El gobierno argentino actual es peronista. Y peronistas son muchas de las corrientes políticas —disímiles y opuestas— de este país. Peronista es esto y aquello. Es todo o nada. Es el habla, el refrán, el adjetivo escurridizo, el país. Es un muerto. Un militar, un nacionalista, un déspota —me digo—. Y entonces inevitablemente me pregunto: ¿Será también nuestro hado vivir a la sombra de un espectro siniestro?

Mi aversión hacia Perón crece a medida que trato de descifrar la adhesión que, como contrapartida, genera el sujeto en tantos argentinos. En un salón de posgrado compuesto por una heterogénea mezcla de nacionalidades e intereses, y en cual los argentinos representan casi la mitad, nadie parece levantar la voz cuando el tema a discutir es Perón. El profesor comenta que la mayoría de los intelectuales de la época eran antiperonistas; habla de censura, encarcelamientos, cesantías de educadores por manifestarse en contra del líder, vigilancia. Yo los he visto enardecerse antes, he visto sus muecas de asco al hablar de Estados Unidos, de capitalismo, de dictadura. Pero ahora el clima es distendido: profesor y alumnos comentan sin más, como quien refiere episodios singulares. Un mal menor, poca cosa. Algo que, como señaló antes, millones de argentinos tratan día a día de descifrar en aras de renovar el amor.

Hay una anécdota:

— En aquel entonces el gobierno presionó a la Academia Nacional de Las Letras para que nominasen a Eva Perón al Premio Nobel.

No es graciosa, salvo que hagamos el ejercicio de vernos de soslayo, como escenario de las más tristes conductas humanas, bajo el amparo de la liviandad que —dicen—caracteriza a los latinoamericanos (cualquier cosa que eso signifique) Pero las risas arrecian en el salón. Mi asombro no se sustenta en incredulidad ante los desmanes de un sujeto como Perón. No: es asombro ante la ligereza de ánimo de quienes me rodean. El juicio contra Perón es blando.


Hay una segunda anécdota: “¡Alpargatas sí, libros no!” y “¡Haga patria, mate a un estudiante!” fueron consignas coreadas por los simpatizantes de Perón, para quien la cultura y la educación no eran más que reductos de individuos privilegiados; la elite. En efecto, aun hoy en día, hay quien se cree superior o elegido por contar con educación o título universitario, y eso habla bastante bien de nuestras propias deficiencias como sociedades. Sin embargo, creo que no hay necesidad de agregar nada más a frases tan tendenciosas y violentas; por el contrario: dicen mucho del sujeto idolatrado. Por eso sigo sin entender.
Perón fue elegido democráticamente, no una sino tres veces. Dice el profesor que la oposición no supo entender el fenómeno, de ahí que recurriesen al adjetivo de fascista cuando ya la Segunda Guerra había finalizado. Alguien hace mención a la conocida postura antiperonista de Borges y, en general, de la revista Sur —fundada y dirigida por Victoria Ocampo—.  Yo permanezco a la escucha, atenta a un posible descubrimiento que me permita asir la historia.

De pronto ahí está: no será el rompecabezas completo, pero sí una pieza importante. Después del golpe de Estado de 1955 (tercer año de la segunda presidencia de Perón), la Revolución Libertadora — así dio por llamarse la dictadura militar; de cursilería y cinismo saben mucho los uniformados—  se propuso la “desperonización” del país. Entonces —cuenta el profesor— vino la radicalización: se prohíben palabras (justicialista, Evita, peronismo, etcétera), se asume el peronismo como un error a ser sepultado. Una noche gris, una borrachera; un “algo” absolutamente extraño a la Argentina. Un olvido que ha de pasar por la eliminación de las palabras, puesto que no existe aquello que no podemos nombrar.

El siguiente paso lógico era constatar que no tenía moral para censurar quien actuaba con métodos igualmente abusivos. La Revolución Libertadora persiguió, fusiló. Y de a poco, Perón surgió como una opción noble y válida ante quienes se mostraron reacios en principio.

Pídeme que no fume y fumaré. Pídeme que no beba y beberé. Pídeme que no lea y leeré. Prohíbeme las palabras y llenaré páginas enteras con ellas. Serán quizá entonces meros garabatos vacíos a fuerza de repetición, pero buscarán cómo salir y ser más fuertes. Cuando la memoria amenaza con borrar el pasado acudimos exultantes a convertirlo en otra cosa: completamos, forjamos nuevos entresijos, renovamos lo que tal vez —seguramente— fue tan distinto. Y nada pasa si es la memoria de un solo hombre, pero ¿y si son muchas?

Dice el profesor que comparar dos fenómenos distantes habla más de quien compara que de los fenómenos en sí. Me interesa, en este caso, exponerme a través de ese procedimiento comparativo entre Chávez y Perón: que el chavismo no sea la noche oscura de quien aspira volver a un país ya inexistente; que no volteemos la cara ante lo que a todas luces es real. Lo sabemos porque también una muestra de todo ello tuvimos en 2002. Pero allí, en un aula de la Universidad de Buenos Aires, me resultó imposible no estremecerme ante la posibilidad de que un nuevo intento atroz por cortar de cuajo lo que no nos gusta, derive irremediablemente en un espiral avasallador.

No sé qué es el peronismo (si no lo saben los argentinos, mucho menos yo). Sé que lo militar me repele, que los hombres son finitos y la palabra, en cambio, tiene eco e inclusive, entidad. Que todo lo que en vano afán he intentado olvidar, vuelve. Y creo —sobre todo hoy— que ya nada podemos hacer, salvo ser consecuentes con lo que exigimos como ciudadanos. En mi caso: no ser ni actuar como el contrario. 

Jebecitos constantes



— Hola, sí. Llamo de Telefónica para informarle sobre nuestra última promoción.
—…

No suelo atender el teléfono fijo, pero era quince, esperaba la llamada del dueño del departamento para acordar la entrega del alquiler correspondiente.

 — La promoción incluye banda ancha por un mínimo costo durante doce meses.
— Sí.  

 No corto pero tampoco escucho. Hablar por teléfono me resulta extraño; soy dada a la dispersión y la ausencia de rostro del interlocutor me pesa, me angustia. A mi natural aversión hacia la charla telefónica habría que sumar el año que trabajé como operadora de callcenter, que a todas luces, contribuyó a cimentar esta suerte de fobia. No corto por la misma razón: aprendí a escuchar con paciencia y amabilidad, a alimentar la suposición de una posible prebenda para quien llama (sí, imagino que la chica, como antes yo, redondea el sueldo con las comisiones)

 — ¿Ustedes tienen computadora de escritorio o netbook?
— Netbook — contesto, y observo la neblina: un auténtico día de mierda. El invierno a tres pasos, que no es el frío (ya para qué) sino mi determinismo climático, una agonía que se instala en el cuerpo. Ya estamos grandes para dejar que la ausencia de luz decida por nosotros, y sin embargo.     
— Bien, netbook, ningún problema.
— Depende, ahora es todos los problemas,  fíjese que por más que me siento frente a ella qué va: nada. Nada de nada. Un sentimiento lastimero me arranca una y otra vez la posibilidad de escribir algo, lo que sea. Todo esto lo pienso y no lo digo pero tampoco corto; y no corto porque es tanta el desamparo que me dejo arrastrar por cualquier nimiedad. Ya a estas alturas me parece que —sin saber qué son— yo también empiezo a ver jebecitos constantes, como Martín Romaña, y digo Martín Romaña porque tampoco me gusta molestar y entonces, como él, voy haciéndome diminuta, tan diminuta que temo abrir la boca, no sea que las tonterías que diga y escriba me superen en tamaño y ahí sí, vuelta a sentirse miserable y diminuto.   
— ¿Me escucha?
— Sí, sí. Mentira. Caminas y no escuchas, miras y no escuchas. Te ha dado por compadecerte de la angustia esa que te impide escribir algo. Bajas la cabeza y observas con estupor el proceso de empequeñecimiento que de a poco te convertirá en miniatura, como al Romaña, salvo que menos adorable, sin letras que preserven lo que te ha dado por callar.
— Bien, señora Cristina. Entonces recibirá usted otra llamada en cinco minutos a fin de concretar la entrega del paquete.
— Vale — digo —. Me despido amablemente y cuelgo.

¿Por qué carajos perdiste varios minutos del día en una llamada que no te interesaba? Porque para escribir hace falta cierto desconsuelo aunado a una dosis de desparpajo, el mismo que no tengo para cortar, ni con la llamada ni con esta voz que me disminuye. 

lunes, 21 de mayo de 2012

También las historias viajan



De chica (en este caso, a los dieciocho años) visité una ciudad francesa cuyo metro era una taza de plata de tan inmaculado y de tan colmado de obras de arte. Tampoco entonces me gustó el metro aunque ya yo conociese el de Caracas, que me gustaba porque era el de Caracas y hay cosas que sólo me gustan porque me recuerdan mi breve tránsito de adolescente extasiada con Caracas. Luego ni el de Caracas, o el cliché de Londres y París, o el de Barcelona, ahora más lugar común y que jamás pisé. Tampoco el de Colonia o el de Roma. Pero ahora no puedo imaginar trenes más espléndidos que esos de la línea A de Buenos Aires, con sus lámparas colgantes y sus noventa y nueve años y sus asientos de madera y su luz de bar, de otras modas y otros tiempos a los que jamás accederemos más que por el influjo de  — sí, otra vez — esas lamparitas colgantes. Pero ya no me detengo a admirarlo sino que anhelo habitarlo y cuando viajo voy pensando y pensando en todo lo que no he escrito y también, claro, lo que podría escribir. Yo que privilegiaba el viaje en camionetica o colectivo (veo, veo, no me arrastro hacia esa rara oscuridad subterránea), hoy voy a gusto aunque apretujada a hora pico, pero en el tren de madera siempre, viendo los rostros casi sin ver y oyendo lo que tal vez, por doloroso, no debería oír. Yo no sé por qué a uno le da por preguntarse si esos rostros que viajan tienen algo para contar, si todos son infelices como relata la historia del mundo o si sólo ando pensando demasiadas tonterías: las de costumbre. Creo que por eso no recuerdo cuál ciudad francesa era la del metro o cuándo pasó todo aquello que mencionas de ayer; y es que tengo la mala costumbre de no prestarle atención a nada más que a las generalidades como “era una taza de plata”, “fue un día triste”, “era un tiempo sombrío” y así. Y bien podría ser un mecanismo para después recrearlo todo a mi antojo y que los detalles, como nombres y fechas, no me pesen para deformar y ajustar un poco aquí y allá.
Descomponerse, desarmarse un tanto ahí, debajo de todo, a oscuras, con una música muy lenta.  

viernes, 11 de mayo de 2012

Ficciones



Soy experta en cuentos inconclusos: conatos de textos que abordo con una suma de engaño e ímpetu y luego abandono a su suerte en una carpeta denominada “apuntes” (por lo cual se entiende que todo el asunto era más falsedad que otra cosa). También soy experta en construir otra ficción: mi vida. Hace tiempo entendí que el problema es mío y que nada cambiará con un boleto de avión. Sumas ciudades y parajes y el malestar cede ante la sorpresa de la novedad; al poco tiempo sobreviene de nuevo la desdicha. Me he cansado de idear proyectos, metas, recorridos. En ningún punto hallé el anclaje; todo cede ante esta suerte de hastío y desconcierto. Nada resulta lo que prometía ser; no estoy en ninguna de esas ficciones. No sé qué soy, pero las mismas se acumulan a mi paso y me devuelven la imagen agotada de quien ya no espera una vuelta de tuerca.
Quién quita: acabo de tener una nueva idea. Hoy intentaré otra historia.

viernes, 13 de abril de 2012

Casa de putas

L'Apollonide (Souvenirs de la maison close)


“Joder es una profesión espantosamente jodida”, dice una de las chicas en ademán que muta de la desolación a la risa estertórea; una verdad macabra se adivina tras las carcajadas, porque las mujeres en cuestión son putas cautivas en un burdel parisino de finales del siglo XIX: L’apollonide, recinto al que acuden hombres adinerados para satisfacer todo tipo de fantasías sexuales y que será testigo del cambio de siglo que, con sus inminentes transformaciones en las mentalidades y prácticas, implicará también el ocaso de una manera de ejercer la prostitución.

“Si alguna vez salgo de aquí nunca más volveré a tener sexo”, dice otra chica. No hay risas esta vez; saben que están encerradas sin remedio. Lo sabe el espectador gracias a la pericia de Bonello, quien sólo una vez nos muestra el mundo exterior, anclándonos al universo lúgubre y claustrofóbico de L’apollonide: pesadas cortinas, humo, hastío y noches idénticas que se repiten hasta el infinito, quizá apenas matizadas por la posibilidad de que alguien, alguno de esos hombres pague le deuda que podría devolverles la libertad.

La iluminación es escasa y las hermosas ninfas posan desparramadas en cuadros con aires de Munch. Hay pompa, hay preciosismo en L’apollonide; pero hay también una cierta ética en la mirada de Bonello sobre estas muñecas que filma, porque su mundo de caja cerrada no es sinónimo de receptáculo vacío: de la belleza de cada una emerge humanidad. Se les hace justicia allí donde comentan -a veces divertidas, a veces conformes- los padecimientos de una vida con nulas opciones. Son muñecas fijas y esplendorosas desde la magistral secuencia inicial de créditos (un lujo digno de ser contemplado); muñecas para los más variados apetitos de los compradores; muñecas de lienzo, casi pintadas por Goya (en una escena la pantalla se divide en tres haciendo un juego con igual cantidad de chicas. La verticalidad, el contraste de luces es entonces apoteosis de belleza pero también de tinieblas) Es muñeca, literalmente, la prostituta que debe actuar como tal a pedido de un cliente, y es en esa escena donde la cualidad de estas mujeres supera la simple acepción de juguete en manos de otros: Bonello escoge filmarla a ella en detrimento del hombre, e incluso cuando éste la penetra por detrás, la cámara, siempre al frente de su rostro -suerte de Babe Jane joven- exhibe todo el aburrimiento y el sinsentido que el número le genera a la chica.


L’apollonide es una película dura porque no hay salida, ni para el espectador ni para sus protagonistas. Es dura porque es imposible sustraerse a la belleza de estas mujeres, a sus pechos, a sus cuerpos (como es imposible resistirse al influjo del sexo, con sus perversiones y rarezas) y eso aún a sabiendas de que todas ellas sobreviven heridas, rotas, agonizantes. Bonello es consecuente y en gesto de benevolencia dimensiona, agudiza las heridas al pintar a estas desdichadas muñecas de principios del siglo pasado a ritmo de soul y la jugada es perfecta, nunca forzada. La lógica es obvia: si existe un ritmo capaz de expresar de manera íntegra el abismo humano, ése es el soul. 

martes, 10 de abril de 2012

Rompecabezas



A Soraida. A Paola.

El chino del abasto de mi cuadra es un encanto: he llevado conmigo a uno de mis perros para dejarle amarrado en la entrada por primera vez y así sumarnos a esa práctica tan porteña, pero el chino — un chico amabilísimo más o menos de mi edad—, me ha pedido que se la deje para cuidarla mientras yo hago las compras. Se han entendido de lo más bien y yo he olvidado el miedo que me producía dejar a mi perra atada y sola.

Me parece haber notado que su acento es argentino y su cordialidad invita al saludo. El chino (cuyo nombre, queda claro, desconozco), ha traído hoy a mi mente, como otras veces, a una de mis más entrañables amistades de la adolescencia: Soraida, una chica nacida en Caracas y criada en Margarita, cuyos padres llegaron a Venezuela para abrir el segundo restaurante de comida china en la isla. Soraida iba encantada a nuestras casas para probar arepas y otros condumios típicos, y cuando hablaba de empanadas se le encendían los ojos. Amaba la ruta que conduce a Playa El Agua, como cualquiera, por su variedad de buenas cachapas y cocadas. Soraida es venezolana y, ante todo, es margariteña. Creo que su acento no admite dudas.

Hace más de una década que el hermano mayor de Soraida partió a vivir en Nueva York, y al poco tiempo ella también le siguió los pasos. Después les tocaría el turno a los otros dos hermanos y a la madre de mi amiga. Un día le pregunté por su papá y me dijo que seguía en la isla; según sus propias palabras, el señor Chang no pensaba abandonar nunca aquel pedazo de tierra  porque sólo allí se sentía a gusto. Así que puedo seguir imaginándolo frente a la panadería 4 de mayo con su afable sonrisa, como la del chino de mi barrio.

En Margarita hay un dicho popular que reza: “Y el turco atrás”; el mismo hace referencia a la ingente cantidad de inmigrantes de Siria y Líbano (que no turcos, pero ésas son mañas y perversiones de nuestra idiosincrasia, siempre presta a acomodar a un gentío en el mismo saco) que llegaron a esa parte del Caribe para dedicarse al comercio. Si entras a una tienda de Porlamar a revisar la mercancía, nunca falta el “turco” que te sigue los pasos para convencerte de realizar la compra. Con el turco atrás, digo yo ahora para referirme a mis perros, que como lazarillos, van ahí a donde yo vaya.

Tal es la cantidad de árabes que habitan en Margarita, que no creo cometer exageración alguna al afirmar que en mi colegio había, por lo menos, una venezolana descendiente de éstos en cada aula. Yo, por ejemplo, estudié con cinco desde el preescolar hasta el bachillerato. Era normal ver las amplias ojeras dibujadas en sus rostros durante el Ramadán; tan normal como esos señores sentados, obesos y semidesnudos, que parecían observarlo todo ahí donde se les ubicase en casa de Soraida.

Hace un tiempo topé en Facebook con el perfil de una de esas chicas margariteñas de padres árabes: uno de sus álbumes de fotos estaba dedicado por completo a los insignes Guaiqueríes, no los indios, sino el equipo de básquetbol local. Y fue inevitable no pensar en la camiseta que aún cuelga en la vieja tienda de mi padre, otrora fanático hasta la médula: en letras blancas está el número y el nombre del más célebre jugador del mismo equipo, Cruz Lairet. También él, artífice de los mejores años de los Guaiqueríes, es de ascendencia árabe.

Hoy se impone en mi país, Venezuela, y en este que ahora habito y sufro, Argentina, la nunca aplacada ola del patrioterismo. Es un mal que va y viene, que no tiene disimulo ni vergüenza por las limitaciones de su burdo discurso. Cada insulto que un argentino dirige contra un paraguayo o un boliviano, reproduce la misma actitud de un venezolano cuando hace lo propio con un colombiano: el alarde de una situación de ventaja ante el otro que, automáticamente, les coloca en situación de inferioridad en cualquier área comparativa; así, colombianos, bolivianos, peruanos y paraguayos son, bajo estos amos del avance y las riquezas (Venezuela y Argentina) seres humanos de menor categoría, casi animales, indignos a todas luces de pisar el suelo patrio. Un disparate por donde se le mire. Serán ideas mías, pero últimamente me parece notar que se ha renovado en Venezuela la idea de décadas pasadas que reza que los colombianos son los únicos culpables de cuanta maldad nos habita. Capaces, como hemos demostrado ser, de inflingirnos solitos y sin ayuda externa la mayor sarta de calamidades posibles, ahora requerimos de un ente que expíe las culpas. Yo siempre me pongo en los zapatos de una de mis más queridas amigas de toda la vida, una persona única, cuyos padres llegaron a Margarita huyendo de la violencia de Bogotá. Y francamente, no sé qué sentirá al oír semejantes barbaridades contra el país de sus padres, pero no hace falta mucho para intuir que ha de ser en extremo desagradable, especialmente si quienes las confieren son sus compatriotas.

El mundo no parece agotarse de tanta tontería y maldad, de tanta mira estrecha. Antes pensaba que la diáspora venezolana tendría, al menos como contrapartida a tanta tristeza, la virtud de devolvernos a un conjunto de ciudadanos más conscientes de su lugar en el mundo y, sobretodo, del lugar de los otros, con sus diferencias, sus particularidades, su historia personal. Una suerte de sensibilización ante el extraño que diese cabida a la solidaridad y la empatía, porque, al final de cuentas, todos o casi todos hemos visto marcharse a alguien querido o nos hemos ido y sabemos que nada es tan simple como lo pintan. Pero al discurso que profesa que todo el que se fue ha abandonado, no ha resistido, etcétera (como si ya eso solo no fuese suficientemente bajo) creo que ahora se suma una suerte de placer en comprobar que, por ejemplo, los españoles, vienen pasándola mal desde hace un rato. Dale, que el discurso patriotero entra y si no, se filtra; que los condenados nos jodieron bastante y se la tienen bien merecida. Y lo decimos nosotros, los de este lado del mundo, que bien que nos hemos buscado nuestros problemas.

No sé a dónde va esto (mis palabras, quiero decir, lo que describo ignoro si acaso tendrá final), pero contemplo ese tapiz de nacionalidades y orígenes diversos que habitan Margarita, Venezuela, Argentina. Pienso en los afectos que viven en Europa. Sumo todo lo que llevamos a cuestas como país y entonces entiendo menos. Aunque entiendo, por ejemplo, que seguramente el señor Chang jamás se irá, como tampoco lo harán los turcos, los italianos, los portugueses, los hindúes, los alemanes. Que ellos están allá y yo estoy aquí, tan aquí como el chino que nunca regatea amabilidad a quien pasa por su abasto, y me gusta que sea así; me complace porque él y su sonrisa dan al lastre con el estereotipo que de ellos tenemos. Y ésa es una cosa estupenda, sólo hace falta ver. O la voluntad para ver.